jueves, 20 de agosto de 2009

El barquero

"Era un joven erudito, arrogante y engreído. Para cruzar un caudaloso río de una orilla a otra tomó una barca. Silente y sumiso, el barquero comenzó a remar con diligencia. De repente una bandada de aves surcó el cielo y el joven preguntó al barquero:
- Buen hombre, ¿has estudiado la vida de las aves?
- No señor -repuso el barquero-.
- Pues debo decirte que has perdido la cuarta parte de tu vida.

Pasados unos minutos, la barca se deslizó junto a unas exóticas plantas que flotaban en las aguas del río. El joven preguntó al barquero:
- Dime barquero, ¿has estudiado botánica?
- No señor, no sé nada de plantas.
- Pues debo decirte que has perdido la mitad de tu vida -dijo el petulante joven-.

El barquero seguía remando pacientemente. El sol del mediodía se reflejaba luminosamente sobre las aguas del río. Entonces el joven preguntó:
- Sin duda llevas muchos años deslizándote por las aguas. ¿Sabes por cierto, algo de la naturaleza del agua?
- No señor, me temo que nada sé al respecto.
- ¡Oh amigo! Creo que has perdido tres cuartas partes de tu vida.

Súbitamente la barca empezó a hacer aguas. No había forma de achicar tanta agua y la barca comenzó a hundirse. El barquero preguntó al joven:
- Señor, ¿sabe nadar?
- No - repuso el joven -.
- Pues me temo señor, que ha perdido usted toda su vida.

El Maestro dice: Y es que no es a través del intelecto como se alcanza el Ser. El pensamiento no puede comprender al pensador y el conocimiento erudito nada tiene que ver con la Sabiduría."

101 cuentos clásicos de la India. Recopilación de Ramiro Calle.

El Vendedor de Versos.

lunes, 10 de agosto de 2009

Proyectos

En un mes viajaré a Londres. Empiezan mis proyectos de ver mundo, aprender idiomas, crecer...
Dice mi padre que me voy al "mundo civilizado, el peor mundo". Que si me fuera a África dónde el producto que siempre ha estado de moda ha sido la miseria, compartirían conmigo lo poco que tuvieran. En nuestro mundo civilizado, me advierte que si me va mal no harán más que mirarme por encima del hombro y animarme a volver a casa.
Es un periodo de cambios. Estoy asustado. He visto muchas fotografías de cuando era niño. Me ha tomado de repente el ferviente deseo de poder parar el tiempo... Lejos de no querer crecer y ser siempre pequeño sólo pido un poco de calma, que no corra tanto el segundero.
En unos días cumpliré veinte años... Solamente empiezo a vivir, y tengo muchos proyectos, demasidas desilusiones y pocos deseos de adquirir lo que me ofrece este mundo. Pero aún quiero más.

El Vendedor de Versos.

viernes, 10 de julio de 2009

El escritor


Un escritor es como una puta, lo decía Charles Bukowsky. Ejerce el mismo papel para sus lectores. Leen tus poemas, tus textos, tus novelas y ya han terminado contigo. Tú les das algo que forma parte de ti, que sale de dentro, del alma, de lo más profundo. Y cuando se sacian te olvidan. Pero no hay cosa que me guste más que la escritura. Y quiero prostituirme con millones de personas.

El Vendedor de Versos.

martes, 7 de julio de 2009

El rincón oscuro

Dime qué haces atormentándote desde ese rincón oscuro, siéntate a mi lado, confía en mí.

¿Cuál es el mayor de tus problemas? Quiero que me cuentes la causa de tu angustia, de tu pena, de tus lamentos. De que llores por las noches amargamente. De que quieras acabar con todo, de que la vida te sepa a mierda y castigo. ¿Por qué te atacan depresiones tan violentas?

¿Acaso alguien te maltrata? ¿Naciste en la miseria, en un país explotado? Cuéntame si de pequeño tus juegos fueron en un parque con jardines, fuentes y columpios… ¿Tuviste una familia, un hogar lleno de paz?

O… ¿trabajaste como un esclavo para ayudar a tu familia? Dime si no fuiste a la escuela porque, simplemente, te privaron de vivir tu infancia. Quizá sufriste abusos de tu padre. Llegaba borracho a las tantas, le pegaba a tu madre, os violaba… Era un alcohólico, un hijo de puta. ¿O era un ludópata? Nunca te quiso, nunca te dijo “te quiero”, afróntalo con sinceridad, dime, ¿nunca te abrazó, nunca te besó?

¿Conociste a alguien atrapado por las drogas? ¿Alguien que destrozara su vida y la de quienes le rodeaban?

A lo mejor naciste postrado en una silla de ruedas. En esa cárcel que te priva de vivir como un ser humano se merece. Sin percibir el tacto de una flor. O sin verla. O sin escuchar nada. Sin tener sensibilidad en todo el cuerpo.

¿Viste morir a alguien que querías? Comprendo tu dolor. Puedes hablar conmigo. ¿Fue el cáncer su verdugo? ¿Un accidente, otra enfermedad? ¿Qué lo mató?

Sal de tu rincón oscuro y, si no es este ninguno de tus problemas, por favor, ilumínalo, y piensa. Piensa en tu suerte y vive. Vive.

No te refugies en lamentos, no le des lugar al llanto, no prives a las sonrisas de florecer en tu boca. Lucha, ayuda, sal de tu egocentrismo. Da, porque la vida quita sin avisar, pero premia y a veces no nos damos cuenta.


El Vendedor de Versos.


domingo, 5 de julio de 2009

Noche de verano

Deprisa me vestí con lo primero que encontré en mi desordenada habitación. Unos tejanos, una camiseta blanca con las mangas cortadas, y unas deportivas blancas. Tras un portazo, me abalancé a la calle en busca del silencio, huyendo de los gritos y los reproches. Era la misma historia de siempre. Mi falta de responsabilidad, la pasividad que transmito hervía los nervios en casa. Siempre me he tomado las cosas con calma, dejando para última hora lo que de sobra me daba tiempo de hacer hoy, y con el paso del tiempo sigo sin cambiar un ápice mi comportamiento. No sé, no creo que sea para tanto.

Algo me oprimía el pecho, como un desasosiego constante. Desde que llegué llevo días y días sin parar de pensar ni un segundo en mil cosas, mi cabeza no para. Y a veces le pido que me dé tregua, dame un poco de paz por el amor de Dios. Pero no cesa, y mis pensamientos viajan a mil por hora, me arrojan recuerdos a la cara, algunos que duelen…

El paseo sirvió de mucho. Con el ajetreo rutinario de cada día, dejamos de fijarnos en los pequeños detalles. Y dónde sino se encuentra la felicidad. Justo en la entrada de mi antiguo instituto hay un pequeño jardín vallado, donde crecen rosales que sin dolores de parto dan a luz a rosas de todos los colores. Donde estaban las flores solo veía exámenes, profesores tediosos, y paredes frías y grises.

En el taller de enfrente del instituto, hay un pequeño apartamento donde vive el mecánico. Se le oía moler café desde la calle, y la televisión estaba encendida, y el ventilador de aspas del saloncito apagado.

Las ventanas de los vecinos de los bloques colindantes se alumbraban por la luz de más televisores. Curioso contraste, que desprenda un resplandor el aparato que oscurece las pocas luces que ya tenemos. El chisme que adormece nuestras ganas, nuestro espíritu, que nos amuerma, nos atonta y nos vende lo vano y lo chusco envuelto en audiencias de récord.

Acostumbrado a Barcelona, no encontrarse tráfico paseando por la noche, y escuchar solamente el sonido de mis pasos daba cierto miedo. Si es que tengo la capacidad de asustarme de algo a estas alturas. Subí a paso lento por el paseo del Parque, lleno de casitas bajas en su margen izquierdo. Parece que en ellas no viva nadie. Con las persianas bajadas apenas se perciben sonidos desde su interior, ni luces ni movimiento.

Recuerdo la casa de color asalmonado, hoy en obras. De pequeño soñaba con vivir allí. Cuando volvía de jugar a fútbol en el parque, con las rodilleras llenas de barro, mis guantes de portero y el balón bajo mi brazo, fijaba la vista en aquella pequeña casita adosada, vete a saber por qué razón. Imaginaba que un día sería mi casa. Ahora esa pequeña casa adosada no me parece más que ridícula y poco acogedora. La magia se pierde y la amargura nos toma a medida que nuestra parte infantil vuela lejos para no volver.

Subiendo hasta llegar casi al final del paseo, giré a la izquierda. A unos cincuenta metros me quedaba un albergue, del que procedía el jaleo de los chavales que pasaban allí unos días de sus vacaciones de verano.

Rodeando las manzanas de chalés, me fijé en uno muy grande, con el exterior de piedra y madera de roble. En el jardín cenaban y charlaban animadamente familia y amigos de los pudientes anfitriones. ¿Quién puede pensar en toda la mierda que hay en el mundo, si tu casa apesta a lujo y aposentas tu elegante culo en sofás de confortable cuero? Eso me lleva a pensar en qué interés pueden tener los políticos, los diplomáticos, en la gente que nunca comprenderá lo que es un banquete regado por el mejor vino. Con sus vidas de viajes, hoteles, y lujos que paga el pueblo, ¿quién comprende al que siente rugir de hambre sus tripas, al que no tiene trabajo, al que debe mantener a una familia, al enfermo, al miserable?

Cerca del parque donde pasé mis tardes jugando cuando era niño había un gran descampado. Ahora se levantaba sobre él una moderna guardería. El puente que conducía al pueblo más cercano era nuevo y habían hecho una rotonda para acceder a él sin peligro. Aún recuerdo el viejo puente que tenía pinta de que fuera a derrumbarse si el río bajaba con fuerza, o si se juntaban unos cuántos coches para cruzar.

Yendo hacia las afueras del pueblo, como una visión irreal se plantó ante mí. Era una enorme y nueva zona urbanizada. ¿Dónde están los campos sembrados? Saltando una valla, curioso, recorrí aquel entramado de carreteras urbanas de ciudad en miniatura, recién asfaltadas, de carriles bici y zonas de paseo. Los aspersores regaban la zona ajardinada y los caracoles salían al presentir la humedad. Tuve la fantasía de estar acompañado. Y que tumbados sin más quehacer que observar el cielo oscuro, nos sorprendiera el riego de los aspersores y nos comiéramos a besos, sin preocuparnos de acabar empapados. Tomé a un caracol, que curioso asomaba de su caparazón, y se situaba peligrosamente en mitad de la carretera. Lo coloqué en la hierba, para que campara a sus anchas. ¡Quién tuviera caparazón para esconderse de vez en cuando!

Absorto en mi paseo y percibiendo los aromas de esa noche de verano, me sobresaltó la llamada de Gerard. “Quedamos en veinte minutos en la fuente del paseo”. Di un rodeo para alargar el trayecto y llegar con el tiempo justo con tal de no esperarle demasiado. Tomamos una cerveza servida por la chica con los ojos más bonitos del pueblo. Una camarera del este. No son tan hermosos como los de Lorena, ni esa pobre camarera de rostro triste tiene su sonrisa luminosa, pero en esa noche de melancolía era lo más bello que vi.

Conversaciones con él, sobre nuestra ansiedad. Mi preocupación por no hallar un sitio en este mundo. Recordaba aquella canción de flamenco que decía, “carromatos llenos de gente, yo no encuentro mi sitio, yo no lo encuentro”. Deprime no poder salvar casi nada, ni personas buenas, ni valores, ni acciones, ni sentimientos puros. Nos ahogamos y necesitamos oxígeno a bocanadas, necesitamos respirar proyectos, ilusión y ganas.

Sin ganas de más, me despedí y enfilé el camino hasta casa, para escribir brevemente sobre esa noche de verano.


El Vendedor de Versos.

lunes, 22 de junio de 2009

Sorpresas

Pasada la medianoche, la tinta que dibuja estas letras hace que te sienta más cerca, rozándote, casi te puedo tocar, si cierro los ojos puedo imaginar que estás a mi lado.
Una vez alguien me dijo que debería ser un mago quien fuera capaz de hacer sentir a este corazón muerto. En unas horas fuiste capaz de que me diera cuenta que sólo dormía. Mediante tu mirada de miel, ese corazón helado pasó a ser fuego puro, y es por ti, no puedo estar más seguro. Y esta es la primera de las sorpresas.
Ese tipo de sorpresas que necesitamos que nos dé la vida para que no nos ahogue la monotonía. Siempre me acordaré de cuando hablábamos de ello, mientras te acariaba el pelo sentado como un niño en tus piernas.
¿Sabes? Tú eres la sorpresa. Mi revolución interna, ha hecho que me dé cuenta de que tú eres mi lucha. De que no quiero quedarme de brazos cruzados cuando alguien se disponga a robarme tus besos.
Desde ya, quiero que sean sólo míos.
La segunda de las sorpresas es la capacidad que tienes de convertir el tiempo en recuerdo. Me haces libre, estar contigo me hace libre, pues si el tiempo nos esclaviza tú haces que me olvide de que corre rápido, he ahí mi libertad, la libertad que tú me das.
Estoy seguro de que cada momento se guarda en mí, y todos los momentos serán imborrables e indestructibles como la caja negra de un avión.
La vuelta en tren hacia Barcelona, todo lo que hablamos, el camino hasta llegar allí agarrado de tu mano, pasar media tarde tumbado contigo, las Ramblas, la piedra azul brillante que debe darte buena suerte, mi anillo que ahora es tuyo, todo mi yo que ahora es tuyo...
¿Platónico? Algo tiene de espiritual, pero también es algo mágico. Apareciste en mi vida el día con más horas de luz de todo el año. Ahora quiero besarte en la noche que se viste de fuego y jarana.
Esa será mi sorpresa.

El Vendedor de Versos.

lunes, 18 de mayo de 2009

Benedetti, el poeta.

Hoy el corazón de Benedetti partió hacia la libertad. Como él decía, después de todo, la muerte es sólo un síntoma de que hubo vida. Simplemente gracias, poeta...
Reproduzco una de sus perlas. Una de tantas...

NO TE SALVES

No te quedes inmóvil al borde del camino,
no congeles el júbilo,
no quieras con desgana,
no te salves ahora
ni nunca.

No te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo.

Pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.

Mario Benedetti.



El Vendedor de Versos.




domingo, 17 de mayo de 2009

El camino

Lo lanzaron hacia ese camino extraño y sin salida de golpe, de un fuerte empujón. Rápidamente se giró y se dio cuenta de que no había ninguna puerta para regresar a su vida anterior.

Y en el camino nada le resultaba familiar. El ambiente era oscuro, tenebroso, le faltaba luz, alegría. Y se antojaba largo… demasiado largo. Y allí solo, herido, desorientado, no le quedaba más remedio que caminar. Caminar y caminar hasta llegar a algún lugar seguro.

Además sus sentidos se encontraban medio adormecidos. Nadie le había dado un mapa para orientarse, le faltaba una guía, algo en lo que apoyarse.

Sumamente triste y cansado decidió emprender el camino al día siguiente, puesto que empezaba a oscurecer y el cielo avecinaba tormenta. Buscó refugio entre el bosque que estaba junto al camino, se acurrucó e intentó dormirse. Poco a poco el cansancio se apoderó de él, y el sueño lo tomó por completo. Empezó a soñar. Y en el refugio de sus sueños encontró todo cuanto necesitaba. El escenario volvía a ser el tenebroso camino en el que estaba. Mientras se secaba el sudor, fatigado, una voz se oyó.

Conocía esa voz. La pacífica voz de la persona que más lo amaba en el mundo. La que entregaría todo por él si fuera necesario, en quien podría confiar siempre, apoyarse en ella sin dudarlo. Aquella voz, llena de amor, le contó que a ese camino tarde o temprano todos eran arrojados sin previo aviso, de un golpe seco. Pero que él tenía en su alma las armas que le darían la fuerza para terminarlo y llegar a la meta. Su felicidad, sus recuerdos, la luz que irradiaba su sonrisa, su bondad, humildad y su enorme corazón. Debía saber que cuantos lo rodeaban se daban cuenta rápidamente de que él era así. Alguien único, clave en sus vidas, querido, muy querido. Esos que le rodeaban serían también sus soportes. No tenía que dudar ni un momento en pedirles ayuda. Tan solo una señal y dispondrían lo necesario en el momento preciso. Sobre todo, nunca tenía que encerrarse. Si se encarcelaba en sus pensamientos, en sus momentos grises, el camino sería mucho más largo, más difícil, y la meta se alejaría. ¡Cuánto le había aliviado y ayudado aquella voz!... La voz de su padre, que alojado en sus recuerdos lo guiaba y siempre lo guiaría. Antes de despedirse, le recordó que ahí tenía a su madre, que le quería con todas sus fuerzas y le aportaría muchísimas cosas si él se lo permitía. Le dejó un deber, cuidar de ella ahora que él faltaba. Abrir su corazón, desahogarse y no dejar que los sentimientos de tristeza le ahogaran. “Siempre estaré dentro de ti hijo”, y la voz se despidió.

Los rayos de sol lo despertaron a la mañana siguiente. El sendero ya no le asustaba. No le parecía ni remotamente tan oscuro como la noche anterior. Con fuerza comenzó a caminar. A caminar por el camino, su vida, para llegar a la meta soñada, su felicidad.


Siempre aquí contigo Julio,



El Vendedor de Versos.

domingo, 1 de marzo de 2009

El fotógrafo

Siempre pensé que era más filósofo que fotógrafo. Un sabio, alguien tremendamente inteligente. El tipo de persona del que me encanta rodearme, de los que pocos se hallan. Cuando rompía el silencio superaba su belleza, con palabras que hacían que el resto del mundo se detuviera, esperando a que terminara, en un segundo plano.

Él amaba la fotografía por encima de todas las cosas. Su instrumento de pensar, el mismo que seguía enseñándole muchas cosas. Solía contar con nostalgia que fue producto de la fotografía, que nació gracias a ella. Su padre enamoró a la que sería su madre enviándole un retrato.

Hablaba de cosas profundas. Una vez le pregunté por la fragilidad de la verdad. Me contestó que en nuestra era la distinción pertinente en campos como la política o la omnipresente economía ya no está entre lo verdadero y lo falso, sino entre lo verosímil y lo inverosímil. La diferencia ya sólo está en mentir bien o mal, porque la verdad la hemos dado por perdida.

Y cuán posmoderna era la fotografía en esto: miente siempre. Y un buen fotógrafo es el que mejor miente, dándole una dirección ética a su mentira.

Yo detesto Facebook, Tuenti, las nuevas redes sociales donde todo hijo de vecino cuelga sus fotos sin pudor ninguno. Basta con darse un garbeo por la red para realizar la fantasía infantil de ser el hombre invisible, y atravesar las paredes, fisgar sin ser visto. Los hay morbosos, ingenuos, inteligentes, mórbidos, estúpidos, sutilmente eróticos y definitivamente horteras. Él rebajaba mi indignación. Hoy la fotografía ya no se hace para inmortalizar una ocasión solemne. No es memoria del pasado, es parte del presente y tan efímero como él. Quienes cuelgan fotos íntimas, temen y desean al mismo tiempo que sean públicas.

Resulta gracioso, pero la red se convierte en algo parecido a lo que debieron ser las bibliotecas en tiempos de Cervantes: el lugar para vivir vidas paralelas.

¿Y qué sino buscamos? Alejarnos de la aburrida realidad, de la monotonía y la rutina, cada uno por diferentes vías de escape, aunque cada vez más comunes en todos. Se evaden quienes llevan vidas paralelas en la red y entre miles de amigos que cuentan en su página personal, pocos cuentan de verdad en su vida real. Se aleja de la realidad el escritor que vive en sus historias, el cinéfilo, el deportista, el cotilla y el psicólogo.

Y ahora todos observamos todo y todos somos observados.

Si ocurre algo fuera de lo normal miles de objetivos dispararán en cuestión de minutos, incluso de segundos hacia el epicentro del escenario donde ocurra todo.

Y luego está la realidad manipulada por Photoshop. Aunque bien conocemos a individuos que no necesitan ningún programa de retoque fotográfico digital para manipular la verdad. El fotógrafo se muestra tranquilo ante el fenómeno Photoshop. No es más que la vuelta a la pintura, de la pincelada a la pincelada del pintor al píxel por píxel del fotógrafo digital.

¿Y qué somos? El fotógrafo dice que nosotros seremos –ya somos- meros contenedores de historiales de emociones, eso es nuestra identidad.

Si muriésemos y pudieran tomar nuestra memoria y grabarla en un disco duro para que la insertaran en un cuerpo nuevo, seguiríamos siendo nosotros pero en otro cuerpo.

Al igual que la fotografía, la memoria no es la que conserva lo vivido sino la que selecciona lo recordado. El gran papel de la memoria es excluir hechos, no conservarlos. Es lo que hace la fotografía, no plasma toda la realidad, sino que selecciona una parte de ella: la que sale en la foto.

Los ojos no son para ver la realidad, sino para evitar verla toda. Si no lo hiciéramos, sería imposible vivir.

A Joan Fontcuberta, filósofo de la fotografía.

El Vendedor de Versos.

martes, 10 de febrero de 2009

La hemorragia (Caso primero)

Era un hospital ciertamente pequeño. Debía atender y solventar las necesidades médicas de toda la comarca, unas 30.000 personas. Ya se llevaban años y años discutiendo sobre su urgente renovación, y era una constante promesa electoral de cualquier partido que se presentara a las municipales.
Los vecinos estaban hartos de que todos los candidatos prorrogaran su promesa y nunca construyeran un proyecto serio para solventar el problema.
La sala de urgencias estaba dividida en tres espacios separados por tres viejas cortinas. Solía haber un médico de guardia y dos o tres enfermeras. Por tanto, era de lo más normal que el hospital se quedara pequeño, incluso sirviera de muy poco, cuando ocurrían accidentes graves, y eso pasaba frecuentemente.
Esa mañana del frío invierno, un joven con un tremendo dolor en el pecho y taquicardia se encontraba en observación.
Sus mirada estaba perdida, como si su alma no residiera ya en ese cuerpo. Y su corazón con latía como un caballo al trote, espoleado por un nervioso jinete.
De repente y bajo la incrédula mirada del médico de guardia y otra enfermera de prácticas, se abrió una herida en su pecho. Era como si alguien desde dentro de su cuerpo le hubiera pegado un navajazo al chico, de cuatro dedos de largo. De la herida empezó a brotar sangre a chorros, tanta que en pocos segundos y sin que nada pudiera hacer el pobre equipo médico, la salita se llenó de sangre, la camilla, el suelo, todo inundado de sangre. El médico no sabía que hacer, abrumado ante el extraño caso, intentando parar la terrible hemorragia, aturdido y llamando a gritos al resto de enfermeros, avisando al resto de médicos por teléfono para que acudieran a toda prisa.
En pocos minutos el joven moriría desangrado. Le había matado su propio corazón.

(Cuando los sentimientos te matan...)

El Vendedor de Versos

domingo, 1 de febrero de 2009

Carta

Podría empezar preguntándote por qué nos dejaste tan pronto. La última vez que nos despedimos no me advertiste de que no nos volveríamos a ver. Pero conociéndote, sé que te gustaría seguir aquí, tú no sospechabas nada. Yo daría lo que fuera porque volvieras. Marcaste el final de mi infancia. Del día a la noche, la vida me dijo que ya no era un niño. Ahora preciso de tus consejos. Eras mi guía, un padre, el modelo. Aquel que dejaba huella en todas las personas que conocía. Quien lo daba todo, siempre tenía una sonrisa, te ayudaba en lo posible, se desvivía por los demás. Y me duele que hoy haya tanto ingrato que quizá ni te recuerde. Y es como si yo hubiera tenido bajo mi brazo una guía para saber qué hacer, y de repente, me la arrancaran para arrojarla al fuego. Todo reducido a cenizas... Incluso tú, parte de mi, de nosotros, reducido a cenizas.
¿Por qué pudo pararse de golpe un corazón tan grande como el tuyo?
Hoy me siento perdido. Si tú estuvieras quién sabe, pero creo que sería diferente. Empecé a dejar de creer y a sentir artificialmente desde que tú no estás, a medida que voy creciendo. No lo sé seguro, pero una parte de mí debiste llevarte contigo.
La mujer de tu vida perdió la cabeza tras perderte y todos nos sumimos en un dolor demasiado grande. No pudo concebir su vida sin ti, y se partió su mente. Se resquebrajó en pedazos como un espejo a pedradas.
Ahora me sentaría a tu lado. Hablaríamos de tantas cosas... Te pediría que me ayudaras a recuperar la fe que he perdido en las cosas, a recuperar los buenos sentimientos, a sentir el amor que tanto me cuesta cultivar por todo.
Te indignarías conmigo si me vieras. Te sentirías decepcionado. Un poco por todo, por como llevo mi vida. Mi falta de constancia, de metas, mi irresponsabilidad. Aún así nunca serías demasiado severo. Era tu joya, el que más me valoraba y creía en mi. Quizá esté perdiendo ese genio, y sólo sea uno más.
Me abruma y me angustia vivir en este mundo, donde hay días en lo que me gustaría desaparecer. Los sentimientos son de plástico, de cartón... Y desde que te fuiste todo va a peor, aún peor sí... Esto está acabado.
Te espero. Un nuevo mundo tiene que llegar, estoy seguro. Y tengo que abrazarte otra vez, recuperar estos años de tu ausencia.
Desde que no estás soy mucho menos, mucho menos... Te echo de menos.

El Vendedor de Versos.

jueves, 29 de enero de 2009

El refugio

Siempre vuelvo a ti. Vuelvo como el hijo pródigo cuando intento apartarte de mi vida. Pero es como un círculo vital vicioso, como el proceso que hace que llueva. Te antojas imprescindible e indispensable como la respiración. Captar el oxígeno que a veces falta en el aire cargado y viciado de la ciudad. Respirar jadeante. Ahogarse de angustia, de hastío, de pena.

Entonces llamo a la puerta. Y la puerta del refugio siempre está abierta. Quizá tan irreal como el mundo imaginario que todos creamos de pequeños. Ese mundo de inocencia y fantasía, mundo perfecto jamás comparable al que pueda imaginar ningún hombre.

Allí en el refugio, a base de historias, uno huye extasiado y a toda prisa de una realidad que aborrece. Y allí a saltos, a grandes zancadas, al galope, escapa de las barreras, de las fronteras, del “yo no puedo”, de los límites naturales de todo ser humano, se acaricia la irrealidad. Se olvida la mezquindad de la sociedad, su estilo de vida y su motor chamuscado.

En el refugio uno puede morir, incluso matarse, con la certeza absoluta de estar más vivo que nunca.

Y matar. Matar con saña, con premeditación y alevosía a personajes que nunca conocerá.

Se puede hacer el amor durante una noche entera sin rozar siquiera la piel.

Viajar a la otra punta del mundo sin equipaje, sin tomar rumbo hacia ningún lugar.

Amar. Amar locamente y sentir el más puro de los sentimientos sin que nada haya en el corazón.

Describir cosas hasta el más mínimo detalle sin verlas.

Quizá vuelva a la edad media o viaje al futuro, futuro que no distará mucho de la edad media. Ahora los señores feudales visten de traje y corbata.

En el refugio puedes servirte un buen plato del corrompido sistema y comértelo. Y devolver el putrefacto pedazo, sintiéndote tan satisfecho como después de saborear un entrecot en su punto.

Eludir y tratar de mentirosa a la horrible realidad.

En el refugio puedo ser lo que yo quiera. Concebir el mundo que desee, pintar a la gente que yo quiero, decidir hasta el color de sus calzoncillos. Ser rico sin dinero, y vivir hasta que me canse.

Puedo bajarle las bragas a valores que dan risa, a vuestros valores de cartón, y violarlos sin sentirme culpable.

Y a veces lloro en mi refugio sin lágrimas. Que las lágrimas duelen menos que el dolor del alma.

Quiero decirle al mundo que he muerto.

Cuando me vean por la calle que sepan que solo es un cuerpo, una simple carcasa. Un cuerpo que se mueve por inercia, por rutina, por deber, sin demasiada reflexión, quizá ninguna.

Yo no existo. Que me vengan a buscar, a conocer y a querer en mi refugio.

… Introspección…

El Vendedor de Versos.

Poema de Oliverio Girondo.

Llorar a lágrima viva
Llorar a chorros.
Llorar la digestión.
Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos.
Llorar de amabilidad y de amarillo.

Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma,
la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.

Asistir a los cursos de antropología,
llorando.
Festejar los cumpleaños familiares,
llorando.
Atravesar el África,
llorando.

Llorar como un cacuy,
como un cocodrilo...
si es verdad
que los cacuyes y los cocodrilos
no dejan nunca de llorar.

Llorarlo todo,
pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz,
con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo,
por la boca.

Llorar de amor,
de hastío,
de alegría.
Llorar de frac,
de flato, de flacura.
Llorar improvisando,
de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Memorias de un sincorazón

Hay quienes usan corazas para el corazón. Hay acciones motorizadas por la sinrazón. Liberamos nuestra mente y alma escribiendo en los papeles, confesándonos con ellos como siempre, contándole las memorias de un sincorazón.

Yo no lo tengo. Ya no tengo corazón. Una noche desperté, y una cicatriz me revelaba que se lo habían llevado a no sé dónde, debió de ser una operación rápida, y me sustrajo parte de mi, pero sigo vivo.

El de mi amigo estaba muerto y no latía. Fue apuñalado con premeditación y alevosía por la vida.

Hay otros que lo vendieron y eso es lo peor. Al dios de la codicia, al dios de la vanidad, al dios maligno que todo lo mueve y lo vendieron por humo.

Con las mejillas enrojecidas de los bofetones que nos dio la vida y las costillas marcadas de tanto suspirar melancolía, clavamos la mirada hacia un horizonte difuso. Ahí adentro notamos un vacío. Vacío que a veces se hace muy agudo y nos da pinchazos en el pecho.

Afuera hablan de esperanza porque el mundo se ahoga, y nosotros también notamos esa falta de oxígeno. Asentados en nuestro mundo digital hace un tiempo que extraditamos los corazones llenos de sentimientos al infinito, allí donde no estorbara ni el órgano del sentido de la vida, ni la conciencia que se alimenta de lo puro que de él emana.

Andamos por las calles aunque el pensamiento viaje lejos de la ciudad, apaciguando el fuego y la falta de calma en las miradas de la gente. Buscando la mirada más hermosa, alimentándonos del verso más pulcro y complicado, el más sublime. Admirando las arrugas de las manos de un anciano, exultantes de experiencia.

Nosotros pedimos calma pero no pausa. El pasado es el olvido, todo lo que olvidamos son sus cimientos y los recuerdos son los fundamentos de nuestro presente. El futuro son los sueños. Vivimos por ellos. Sueños todo el tiempo. Sueños rotos, frágiles, deseados, vitales, de papel, de viajes, de lugares lejanos, de lluvia, de besos, de amores, de vuelos, de música y jarana.

Y no, no queremos más llantos, más penas, no queremos…

Queremos siempre luz y sol, un poco de oscuridad para meditar en un rincón y calmar el tiempo que corre como loco, callar el tic tac del tiempo que cura, envejece y dicta.

Vendavales y suave brisa.

Furiosas tempestades que culminen en calma y silencio y lo impregnen todo del olor a tierra mojada.

Tumbarnos en los campos de noche, mirar al cielo que es refugio de los hombres y creer que Dios existe cuando nos arropa con el manto de sus estrellas y nos abriga con el beso de una mujer.

El olor de café por la mañana, y el olor de su pelo entre las sábanas.

El masaje en la planta de los pies caminando por playas desiertas…

Sentidos. Historia de nuestros sentidos contra los seres sin corazón.

Por ti Jairo…



El Vendedor de Versos.

martes, 18 de noviembre de 2008

Inspiración

Siempre llega el día en que uno percibe que la inspiración ha huido. Pero no hay día en que las ideas, las palabras, los sueños, los conflictos interiores no precisen una salida.
Y así, tal como un claustrofóbico buscaría con ansia extrema salir de un espacio cerrado, los sentimientos negativos sangran desde dentro de la herida interna, manchando las hojas con letras sin sentido muchas veces, pero al fin y al cabo, letras liberadoras del alma.

Empecé a buscar como un loco entre los cajones. Buscaba escritos que ya había olvidado. Lo que sí recordaba de esos viejos papeles era que en ellos había puesto mucha carga interior. Demasiada. Debía encontrarlos, releerlos, recomponer las piezas que formaban el rompecabezas de mi existencia. Porque mientras, el tiempo escapa y no alcanzo a comprenderlo todo, con una vida sesgada escrita en papeles esparcidos por el cuarto desordenado de mi mente. Aquellos escritos oscuros y tristes, debían quemarse. Quemar después de leer.

Cuando la oscuridad y la tristeza acosan mi paz y violan mi calma, las escupo, y clavo puñaladas con las palabras.

Recuerdo haber escuchado a escritores que nunca habían vuelto a releer sus obras por miedo... Por el miedo que sentían al poner tanto de sí mismos en los textos, por no reconocerse en ellos con el paso del tiempo, el terror que produce la sinceridad. Es como salir desnudo a la calle, mostrar tus vergüenzas mientras la gente mira.
Todos los que dejamos pedacitos de nuestra alma en el papel, tenemos un odio hacia quienes escriben insípido, sin sabor, aséptico. ¿Qué mérito tiene hablar del mundo exterior sin pasar por uno mismo? Así nada duele, nada llega ni emociona, nada queda...
Por eso he decidido no maldecir más.
No tengo paz, amor, equilibrio ni dinero. Aunque no sé por qué me quejo si en el fondo así me inspiro.

Tren de Barcelona a Sabadell, un mediodía nublado de noviembre.

El Vendedor de Versos.

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Mil palabras valen más que una imagen, Historia de Mis Sentidos.

De odio y crítica, La Cultura del Odio: laculturadelodiolibertaria.blogspot.com

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Gracias a todos aquellos que me leen.