domingo, 5 de julio de 2009

Noche de verano

Deprisa me vestí con lo primero que encontré en mi desordenada habitación. Unos tejanos, una camiseta blanca con las mangas cortadas, y unas deportivas blancas. Tras un portazo, me abalancé a la calle en busca del silencio, huyendo de los gritos y los reproches. Era la misma historia de siempre. Mi falta de responsabilidad, la pasividad que transmito hervía los nervios en casa. Siempre me he tomado las cosas con calma, dejando para última hora lo que de sobra me daba tiempo de hacer hoy, y con el paso del tiempo sigo sin cambiar un ápice mi comportamiento. No sé, no creo que sea para tanto.

Algo me oprimía el pecho, como un desasosiego constante. Desde que llegué llevo días y días sin parar de pensar ni un segundo en mil cosas, mi cabeza no para. Y a veces le pido que me dé tregua, dame un poco de paz por el amor de Dios. Pero no cesa, y mis pensamientos viajan a mil por hora, me arrojan recuerdos a la cara, algunos que duelen…

El paseo sirvió de mucho. Con el ajetreo rutinario de cada día, dejamos de fijarnos en los pequeños detalles. Y dónde sino se encuentra la felicidad. Justo en la entrada de mi antiguo instituto hay un pequeño jardín vallado, donde crecen rosales que sin dolores de parto dan a luz a rosas de todos los colores. Donde estaban las flores solo veía exámenes, profesores tediosos, y paredes frías y grises.

En el taller de enfrente del instituto, hay un pequeño apartamento donde vive el mecánico. Se le oía moler café desde la calle, y la televisión estaba encendida, y el ventilador de aspas del saloncito apagado.

Las ventanas de los vecinos de los bloques colindantes se alumbraban por la luz de más televisores. Curioso contraste, que desprenda un resplandor el aparato que oscurece las pocas luces que ya tenemos. El chisme que adormece nuestras ganas, nuestro espíritu, que nos amuerma, nos atonta y nos vende lo vano y lo chusco envuelto en audiencias de récord.

Acostumbrado a Barcelona, no encontrarse tráfico paseando por la noche, y escuchar solamente el sonido de mis pasos daba cierto miedo. Si es que tengo la capacidad de asustarme de algo a estas alturas. Subí a paso lento por el paseo del Parque, lleno de casitas bajas en su margen izquierdo. Parece que en ellas no viva nadie. Con las persianas bajadas apenas se perciben sonidos desde su interior, ni luces ni movimiento.

Recuerdo la casa de color asalmonado, hoy en obras. De pequeño soñaba con vivir allí. Cuando volvía de jugar a fútbol en el parque, con las rodilleras llenas de barro, mis guantes de portero y el balón bajo mi brazo, fijaba la vista en aquella pequeña casita adosada, vete a saber por qué razón. Imaginaba que un día sería mi casa. Ahora esa pequeña casa adosada no me parece más que ridícula y poco acogedora. La magia se pierde y la amargura nos toma a medida que nuestra parte infantil vuela lejos para no volver.

Subiendo hasta llegar casi al final del paseo, giré a la izquierda. A unos cincuenta metros me quedaba un albergue, del que procedía el jaleo de los chavales que pasaban allí unos días de sus vacaciones de verano.

Rodeando las manzanas de chalés, me fijé en uno muy grande, con el exterior de piedra y madera de roble. En el jardín cenaban y charlaban animadamente familia y amigos de los pudientes anfitriones. ¿Quién puede pensar en toda la mierda que hay en el mundo, si tu casa apesta a lujo y aposentas tu elegante culo en sofás de confortable cuero? Eso me lleva a pensar en qué interés pueden tener los políticos, los diplomáticos, en la gente que nunca comprenderá lo que es un banquete regado por el mejor vino. Con sus vidas de viajes, hoteles, y lujos que paga el pueblo, ¿quién comprende al que siente rugir de hambre sus tripas, al que no tiene trabajo, al que debe mantener a una familia, al enfermo, al miserable?

Cerca del parque donde pasé mis tardes jugando cuando era niño había un gran descampado. Ahora se levantaba sobre él una moderna guardería. El puente que conducía al pueblo más cercano era nuevo y habían hecho una rotonda para acceder a él sin peligro. Aún recuerdo el viejo puente que tenía pinta de que fuera a derrumbarse si el río bajaba con fuerza, o si se juntaban unos cuántos coches para cruzar.

Yendo hacia las afueras del pueblo, como una visión irreal se plantó ante mí. Era una enorme y nueva zona urbanizada. ¿Dónde están los campos sembrados? Saltando una valla, curioso, recorrí aquel entramado de carreteras urbanas de ciudad en miniatura, recién asfaltadas, de carriles bici y zonas de paseo. Los aspersores regaban la zona ajardinada y los caracoles salían al presentir la humedad. Tuve la fantasía de estar acompañado. Y que tumbados sin más quehacer que observar el cielo oscuro, nos sorprendiera el riego de los aspersores y nos comiéramos a besos, sin preocuparnos de acabar empapados. Tomé a un caracol, que curioso asomaba de su caparazón, y se situaba peligrosamente en mitad de la carretera. Lo coloqué en la hierba, para que campara a sus anchas. ¡Quién tuviera caparazón para esconderse de vez en cuando!

Absorto en mi paseo y percibiendo los aromas de esa noche de verano, me sobresaltó la llamada de Gerard. “Quedamos en veinte minutos en la fuente del paseo”. Di un rodeo para alargar el trayecto y llegar con el tiempo justo con tal de no esperarle demasiado. Tomamos una cerveza servida por la chica con los ojos más bonitos del pueblo. Una camarera del este. No son tan hermosos como los de Lorena, ni esa pobre camarera de rostro triste tiene su sonrisa luminosa, pero en esa noche de melancolía era lo más bello que vi.

Conversaciones con él, sobre nuestra ansiedad. Mi preocupación por no hallar un sitio en este mundo. Recordaba aquella canción de flamenco que decía, “carromatos llenos de gente, yo no encuentro mi sitio, yo no lo encuentro”. Deprime no poder salvar casi nada, ni personas buenas, ni valores, ni acciones, ni sentimientos puros. Nos ahogamos y necesitamos oxígeno a bocanadas, necesitamos respirar proyectos, ilusión y ganas.

Sin ganas de más, me despedí y enfilé el camino hasta casa, para escribir brevemente sobre esa noche de verano.


El Vendedor de Versos.

2 comentarios:

JL dijo...

buena descripción de la vida actual que lleamos xd esta muy wapo noi...ese estilo me gusta mucho me recuerda a zafón...si continuas así ya te veo novelista , quién sabe, quizás tu sitio sea entre plumas y tinteros , entre libros y recuerdos...quién sabe...un abrazo Co

Miguel dijo...

Interesantes líneas. Ha sido muy profundo cómo has descrito el contraste de la vida adulta con la de cuando éramos críos.

Tal vez huir de los sueños rotos del pasado hacía un nuevo horizonte nos devuelva la ilusión por unos nuevos sueños de futuro. Porque la vida no se trata de otra cosa que de la búsqueda ininterrumpida de sueños, los cuales, generalmente, son inálcanzables.