lunes, 22 de junio de 2009

Sorpresas

Pasada la medianoche, la tinta que dibuja estas letras hace que te sienta más cerca, rozándote, casi te puedo tocar, si cierro los ojos puedo imaginar que estás a mi lado.
Una vez alguien me dijo que debería ser un mago quien fuera capaz de hacer sentir a este corazón muerto. En unas horas fuiste capaz de que me diera cuenta que sólo dormía. Mediante tu mirada de miel, ese corazón helado pasó a ser fuego puro, y es por ti, no puedo estar más seguro. Y esta es la primera de las sorpresas.
Ese tipo de sorpresas que necesitamos que nos dé la vida para que no nos ahogue la monotonía. Siempre me acordaré de cuando hablábamos de ello, mientras te acariaba el pelo sentado como un niño en tus piernas.
¿Sabes? Tú eres la sorpresa. Mi revolución interna, ha hecho que me dé cuenta de que tú eres mi lucha. De que no quiero quedarme de brazos cruzados cuando alguien se disponga a robarme tus besos.
Desde ya, quiero que sean sólo míos.
La segunda de las sorpresas es la capacidad que tienes de convertir el tiempo en recuerdo. Me haces libre, estar contigo me hace libre, pues si el tiempo nos esclaviza tú haces que me olvide de que corre rápido, he ahí mi libertad, la libertad que tú me das.
Estoy seguro de que cada momento se guarda en mí, y todos los momentos serán imborrables e indestructibles como la caja negra de un avión.
La vuelta en tren hacia Barcelona, todo lo que hablamos, el camino hasta llegar allí agarrado de tu mano, pasar media tarde tumbado contigo, las Ramblas, la piedra azul brillante que debe darte buena suerte, mi anillo que ahora es tuyo, todo mi yo que ahora es tuyo...
¿Platónico? Algo tiene de espiritual, pero también es algo mágico. Apareciste en mi vida el día con más horas de luz de todo el año. Ahora quiero besarte en la noche que se viste de fuego y jarana.
Esa será mi sorpresa.

El Vendedor de Versos.

lunes, 18 de mayo de 2009

Benedetti, el poeta.

Hoy el corazón de Benedetti partió hacia la libertad. Como él decía, después de todo, la muerte es sólo un síntoma de que hubo vida. Simplemente gracias, poeta...
Reproduzco una de sus perlas. Una de tantas...

NO TE SALVES

No te quedes inmóvil al borde del camino,
no congeles el júbilo,
no quieras con desgana,
no te salves ahora
ni nunca.

No te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo.

Pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.

Mario Benedetti.



El Vendedor de Versos.




domingo, 17 de mayo de 2009

El camino

Lo lanzaron hacia ese camino extraño y sin salida de golpe, de un fuerte empujón. Rápidamente se giró y se dio cuenta de que no había ninguna puerta para regresar a su vida anterior.

Y en el camino nada le resultaba familiar. El ambiente era oscuro, tenebroso, le faltaba luz, alegría. Y se antojaba largo… demasiado largo. Y allí solo, herido, desorientado, no le quedaba más remedio que caminar. Caminar y caminar hasta llegar a algún lugar seguro.

Además sus sentidos se encontraban medio adormecidos. Nadie le había dado un mapa para orientarse, le faltaba una guía, algo en lo que apoyarse.

Sumamente triste y cansado decidió emprender el camino al día siguiente, puesto que empezaba a oscurecer y el cielo avecinaba tormenta. Buscó refugio entre el bosque que estaba junto al camino, se acurrucó e intentó dormirse. Poco a poco el cansancio se apoderó de él, y el sueño lo tomó por completo. Empezó a soñar. Y en el refugio de sus sueños encontró todo cuanto necesitaba. El escenario volvía a ser el tenebroso camino en el que estaba. Mientras se secaba el sudor, fatigado, una voz se oyó.

Conocía esa voz. La pacífica voz de la persona que más lo amaba en el mundo. La que entregaría todo por él si fuera necesario, en quien podría confiar siempre, apoyarse en ella sin dudarlo. Aquella voz, llena de amor, le contó que a ese camino tarde o temprano todos eran arrojados sin previo aviso, de un golpe seco. Pero que él tenía en su alma las armas que le darían la fuerza para terminarlo y llegar a la meta. Su felicidad, sus recuerdos, la luz que irradiaba su sonrisa, su bondad, humildad y su enorme corazón. Debía saber que cuantos lo rodeaban se daban cuenta rápidamente de que él era así. Alguien único, clave en sus vidas, querido, muy querido. Esos que le rodeaban serían también sus soportes. No tenía que dudar ni un momento en pedirles ayuda. Tan solo una señal y dispondrían lo necesario en el momento preciso. Sobre todo, nunca tenía que encerrarse. Si se encarcelaba en sus pensamientos, en sus momentos grises, el camino sería mucho más largo, más difícil, y la meta se alejaría. ¡Cuánto le había aliviado y ayudado aquella voz!... La voz de su padre, que alojado en sus recuerdos lo guiaba y siempre lo guiaría. Antes de despedirse, le recordó que ahí tenía a su madre, que le quería con todas sus fuerzas y le aportaría muchísimas cosas si él se lo permitía. Le dejó un deber, cuidar de ella ahora que él faltaba. Abrir su corazón, desahogarse y no dejar que los sentimientos de tristeza le ahogaran. “Siempre estaré dentro de ti hijo”, y la voz se despidió.

Los rayos de sol lo despertaron a la mañana siguiente. El sendero ya no le asustaba. No le parecía ni remotamente tan oscuro como la noche anterior. Con fuerza comenzó a caminar. A caminar por el camino, su vida, para llegar a la meta soñada, su felicidad.


Siempre aquí contigo Julio,



El Vendedor de Versos.

domingo, 1 de marzo de 2009

El fotógrafo

Siempre pensé que era más filósofo que fotógrafo. Un sabio, alguien tremendamente inteligente. El tipo de persona del que me encanta rodearme, de los que pocos se hallan. Cuando rompía el silencio superaba su belleza, con palabras que hacían que el resto del mundo se detuviera, esperando a que terminara, en un segundo plano.

Él amaba la fotografía por encima de todas las cosas. Su instrumento de pensar, el mismo que seguía enseñándole muchas cosas. Solía contar con nostalgia que fue producto de la fotografía, que nació gracias a ella. Su padre enamoró a la que sería su madre enviándole un retrato.

Hablaba de cosas profundas. Una vez le pregunté por la fragilidad de la verdad. Me contestó que en nuestra era la distinción pertinente en campos como la política o la omnipresente economía ya no está entre lo verdadero y lo falso, sino entre lo verosímil y lo inverosímil. La diferencia ya sólo está en mentir bien o mal, porque la verdad la hemos dado por perdida.

Y cuán posmoderna era la fotografía en esto: miente siempre. Y un buen fotógrafo es el que mejor miente, dándole una dirección ética a su mentira.

Yo detesto Facebook, Tuenti, las nuevas redes sociales donde todo hijo de vecino cuelga sus fotos sin pudor ninguno. Basta con darse un garbeo por la red para realizar la fantasía infantil de ser el hombre invisible, y atravesar las paredes, fisgar sin ser visto. Los hay morbosos, ingenuos, inteligentes, mórbidos, estúpidos, sutilmente eróticos y definitivamente horteras. Él rebajaba mi indignación. Hoy la fotografía ya no se hace para inmortalizar una ocasión solemne. No es memoria del pasado, es parte del presente y tan efímero como él. Quienes cuelgan fotos íntimas, temen y desean al mismo tiempo que sean públicas.

Resulta gracioso, pero la red se convierte en algo parecido a lo que debieron ser las bibliotecas en tiempos de Cervantes: el lugar para vivir vidas paralelas.

¿Y qué sino buscamos? Alejarnos de la aburrida realidad, de la monotonía y la rutina, cada uno por diferentes vías de escape, aunque cada vez más comunes en todos. Se evaden quienes llevan vidas paralelas en la red y entre miles de amigos que cuentan en su página personal, pocos cuentan de verdad en su vida real. Se aleja de la realidad el escritor que vive en sus historias, el cinéfilo, el deportista, el cotilla y el psicólogo.

Y ahora todos observamos todo y todos somos observados.

Si ocurre algo fuera de lo normal miles de objetivos dispararán en cuestión de minutos, incluso de segundos hacia el epicentro del escenario donde ocurra todo.

Y luego está la realidad manipulada por Photoshop. Aunque bien conocemos a individuos que no necesitan ningún programa de retoque fotográfico digital para manipular la verdad. El fotógrafo se muestra tranquilo ante el fenómeno Photoshop. No es más que la vuelta a la pintura, de la pincelada a la pincelada del pintor al píxel por píxel del fotógrafo digital.

¿Y qué somos? El fotógrafo dice que nosotros seremos –ya somos- meros contenedores de historiales de emociones, eso es nuestra identidad.

Si muriésemos y pudieran tomar nuestra memoria y grabarla en un disco duro para que la insertaran en un cuerpo nuevo, seguiríamos siendo nosotros pero en otro cuerpo.

Al igual que la fotografía, la memoria no es la que conserva lo vivido sino la que selecciona lo recordado. El gran papel de la memoria es excluir hechos, no conservarlos. Es lo que hace la fotografía, no plasma toda la realidad, sino que selecciona una parte de ella: la que sale en la foto.

Los ojos no son para ver la realidad, sino para evitar verla toda. Si no lo hiciéramos, sería imposible vivir.

A Joan Fontcuberta, filósofo de la fotografía.

El Vendedor de Versos.

martes, 10 de febrero de 2009

La hemorragia (Caso primero)

Era un hospital ciertamente pequeño. Debía atender y solventar las necesidades médicas de toda la comarca, unas 30.000 personas. Ya se llevaban años y años discutiendo sobre su urgente renovación, y era una constante promesa electoral de cualquier partido que se presentara a las municipales.
Los vecinos estaban hartos de que todos los candidatos prorrogaran su promesa y nunca construyeran un proyecto serio para solventar el problema.
La sala de urgencias estaba dividida en tres espacios separados por tres viejas cortinas. Solía haber un médico de guardia y dos o tres enfermeras. Por tanto, era de lo más normal que el hospital se quedara pequeño, incluso sirviera de muy poco, cuando ocurrían accidentes graves, y eso pasaba frecuentemente.
Esa mañana del frío invierno, un joven con un tremendo dolor en el pecho y taquicardia se encontraba en observación.
Sus mirada estaba perdida, como si su alma no residiera ya en ese cuerpo. Y su corazón con latía como un caballo al trote, espoleado por un nervioso jinete.
De repente y bajo la incrédula mirada del médico de guardia y otra enfermera de prácticas, se abrió una herida en su pecho. Era como si alguien desde dentro de su cuerpo le hubiera pegado un navajazo al chico, de cuatro dedos de largo. De la herida empezó a brotar sangre a chorros, tanta que en pocos segundos y sin que nada pudiera hacer el pobre equipo médico, la salita se llenó de sangre, la camilla, el suelo, todo inundado de sangre. El médico no sabía que hacer, abrumado ante el extraño caso, intentando parar la terrible hemorragia, aturdido y llamando a gritos al resto de enfermeros, avisando al resto de médicos por teléfono para que acudieran a toda prisa.
En pocos minutos el joven moriría desangrado. Le había matado su propio corazón.

(Cuando los sentimientos te matan...)

El Vendedor de Versos

domingo, 1 de febrero de 2009

Carta

Podría empezar preguntándote por qué nos dejaste tan pronto. La última vez que nos despedimos no me advertiste de que no nos volveríamos a ver. Pero conociéndote, sé que te gustaría seguir aquí, tú no sospechabas nada. Yo daría lo que fuera porque volvieras. Marcaste el final de mi infancia. Del día a la noche, la vida me dijo que ya no era un niño. Ahora preciso de tus consejos. Eras mi guía, un padre, el modelo. Aquel que dejaba huella en todas las personas que conocía. Quien lo daba todo, siempre tenía una sonrisa, te ayudaba en lo posible, se desvivía por los demás. Y me duele que hoy haya tanto ingrato que quizá ni te recuerde. Y es como si yo hubiera tenido bajo mi brazo una guía para saber qué hacer, y de repente, me la arrancaran para arrojarla al fuego. Todo reducido a cenizas... Incluso tú, parte de mi, de nosotros, reducido a cenizas.
¿Por qué pudo pararse de golpe un corazón tan grande como el tuyo?
Hoy me siento perdido. Si tú estuvieras quién sabe, pero creo que sería diferente. Empecé a dejar de creer y a sentir artificialmente desde que tú no estás, a medida que voy creciendo. No lo sé seguro, pero una parte de mí debiste llevarte contigo.
La mujer de tu vida perdió la cabeza tras perderte y todos nos sumimos en un dolor demasiado grande. No pudo concebir su vida sin ti, y se partió su mente. Se resquebrajó en pedazos como un espejo a pedradas.
Ahora me sentaría a tu lado. Hablaríamos de tantas cosas... Te pediría que me ayudaras a recuperar la fe que he perdido en las cosas, a recuperar los buenos sentimientos, a sentir el amor que tanto me cuesta cultivar por todo.
Te indignarías conmigo si me vieras. Te sentirías decepcionado. Un poco por todo, por como llevo mi vida. Mi falta de constancia, de metas, mi irresponsabilidad. Aún así nunca serías demasiado severo. Era tu joya, el que más me valoraba y creía en mi. Quizá esté perdiendo ese genio, y sólo sea uno más.
Me abruma y me angustia vivir en este mundo, donde hay días en lo que me gustaría desaparecer. Los sentimientos son de plástico, de cartón... Y desde que te fuiste todo va a peor, aún peor sí... Esto está acabado.
Te espero. Un nuevo mundo tiene que llegar, estoy seguro. Y tengo que abrazarte otra vez, recuperar estos años de tu ausencia.
Desde que no estás soy mucho menos, mucho menos... Te echo de menos.

El Vendedor de Versos.

jueves, 29 de enero de 2009

El refugio

Siempre vuelvo a ti. Vuelvo como el hijo pródigo cuando intento apartarte de mi vida. Pero es como un círculo vital vicioso, como el proceso que hace que llueva. Te antojas imprescindible e indispensable como la respiración. Captar el oxígeno que a veces falta en el aire cargado y viciado de la ciudad. Respirar jadeante. Ahogarse de angustia, de hastío, de pena.

Entonces llamo a la puerta. Y la puerta del refugio siempre está abierta. Quizá tan irreal como el mundo imaginario que todos creamos de pequeños. Ese mundo de inocencia y fantasía, mundo perfecto jamás comparable al que pueda imaginar ningún hombre.

Allí en el refugio, a base de historias, uno huye extasiado y a toda prisa de una realidad que aborrece. Y allí a saltos, a grandes zancadas, al galope, escapa de las barreras, de las fronteras, del “yo no puedo”, de los límites naturales de todo ser humano, se acaricia la irrealidad. Se olvida la mezquindad de la sociedad, su estilo de vida y su motor chamuscado.

En el refugio uno puede morir, incluso matarse, con la certeza absoluta de estar más vivo que nunca.

Y matar. Matar con saña, con premeditación y alevosía a personajes que nunca conocerá.

Se puede hacer el amor durante una noche entera sin rozar siquiera la piel.

Viajar a la otra punta del mundo sin equipaje, sin tomar rumbo hacia ningún lugar.

Amar. Amar locamente y sentir el más puro de los sentimientos sin que nada haya en el corazón.

Describir cosas hasta el más mínimo detalle sin verlas.

Quizá vuelva a la edad media o viaje al futuro, futuro que no distará mucho de la edad media. Ahora los señores feudales visten de traje y corbata.

En el refugio puedes servirte un buen plato del corrompido sistema y comértelo. Y devolver el putrefacto pedazo, sintiéndote tan satisfecho como después de saborear un entrecot en su punto.

Eludir y tratar de mentirosa a la horrible realidad.

En el refugio puedo ser lo que yo quiera. Concebir el mundo que desee, pintar a la gente que yo quiero, decidir hasta el color de sus calzoncillos. Ser rico sin dinero, y vivir hasta que me canse.

Puedo bajarle las bragas a valores que dan risa, a vuestros valores de cartón, y violarlos sin sentirme culpable.

Y a veces lloro en mi refugio sin lágrimas. Que las lágrimas duelen menos que el dolor del alma.

Quiero decirle al mundo que he muerto.

Cuando me vean por la calle que sepan que solo es un cuerpo, una simple carcasa. Un cuerpo que se mueve por inercia, por rutina, por deber, sin demasiada reflexión, quizá ninguna.

Yo no existo. Que me vengan a buscar, a conocer y a querer en mi refugio.

… Introspección…

El Vendedor de Versos.

Poema de Oliverio Girondo.

Llorar a lágrima viva
Llorar a chorros.
Llorar la digestión.
Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos.
Llorar de amabilidad y de amarillo.

Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma,
la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.

Asistir a los cursos de antropología,
llorando.
Festejar los cumpleaños familiares,
llorando.
Atravesar el África,
llorando.

Llorar como un cacuy,
como un cocodrilo...
si es verdad
que los cacuyes y los cocodrilos
no dejan nunca de llorar.

Llorarlo todo,
pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz,
con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo,
por la boca.

Llorar de amor,
de hastío,
de alegría.
Llorar de frac,
de flato, de flacura.
Llorar improvisando,
de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Memorias de un sincorazón

Hay quienes usan corazas para el corazón. Hay acciones motorizadas por la sinrazón. Liberamos nuestra mente y alma escribiendo en los papeles, confesándonos con ellos como siempre, contándole las memorias de un sincorazón.

Yo no lo tengo. Ya no tengo corazón. Una noche desperté, y una cicatriz me revelaba que se lo habían llevado a no sé dónde, debió de ser una operación rápida, y me sustrajo parte de mi, pero sigo vivo.

El de mi amigo estaba muerto y no latía. Fue apuñalado con premeditación y alevosía por la vida.

Hay otros que lo vendieron y eso es lo peor. Al dios de la codicia, al dios de la vanidad, al dios maligno que todo lo mueve y lo vendieron por humo.

Con las mejillas enrojecidas de los bofetones que nos dio la vida y las costillas marcadas de tanto suspirar melancolía, clavamos la mirada hacia un horizonte difuso. Ahí adentro notamos un vacío. Vacío que a veces se hace muy agudo y nos da pinchazos en el pecho.

Afuera hablan de esperanza porque el mundo se ahoga, y nosotros también notamos esa falta de oxígeno. Asentados en nuestro mundo digital hace un tiempo que extraditamos los corazones llenos de sentimientos al infinito, allí donde no estorbara ni el órgano del sentido de la vida, ni la conciencia que se alimenta de lo puro que de él emana.

Andamos por las calles aunque el pensamiento viaje lejos de la ciudad, apaciguando el fuego y la falta de calma en las miradas de la gente. Buscando la mirada más hermosa, alimentándonos del verso más pulcro y complicado, el más sublime. Admirando las arrugas de las manos de un anciano, exultantes de experiencia.

Nosotros pedimos calma pero no pausa. El pasado es el olvido, todo lo que olvidamos son sus cimientos y los recuerdos son los fundamentos de nuestro presente. El futuro son los sueños. Vivimos por ellos. Sueños todo el tiempo. Sueños rotos, frágiles, deseados, vitales, de papel, de viajes, de lugares lejanos, de lluvia, de besos, de amores, de vuelos, de música y jarana.

Y no, no queremos más llantos, más penas, no queremos…

Queremos siempre luz y sol, un poco de oscuridad para meditar en un rincón y calmar el tiempo que corre como loco, callar el tic tac del tiempo que cura, envejece y dicta.

Vendavales y suave brisa.

Furiosas tempestades que culminen en calma y silencio y lo impregnen todo del olor a tierra mojada.

Tumbarnos en los campos de noche, mirar al cielo que es refugio de los hombres y creer que Dios existe cuando nos arropa con el manto de sus estrellas y nos abriga con el beso de una mujer.

El olor de café por la mañana, y el olor de su pelo entre las sábanas.

El masaje en la planta de los pies caminando por playas desiertas…

Sentidos. Historia de nuestros sentidos contra los seres sin corazón.

Por ti Jairo…



El Vendedor de Versos.

martes, 18 de noviembre de 2008

Inspiración

Siempre llega el día en que uno percibe que la inspiración ha huido. Pero no hay día en que las ideas, las palabras, los sueños, los conflictos interiores no precisen una salida.
Y así, tal como un claustrofóbico buscaría con ansia extrema salir de un espacio cerrado, los sentimientos negativos sangran desde dentro de la herida interna, manchando las hojas con letras sin sentido muchas veces, pero al fin y al cabo, letras liberadoras del alma.

Empecé a buscar como un loco entre los cajones. Buscaba escritos que ya había olvidado. Lo que sí recordaba de esos viejos papeles era que en ellos había puesto mucha carga interior. Demasiada. Debía encontrarlos, releerlos, recomponer las piezas que formaban el rompecabezas de mi existencia. Porque mientras, el tiempo escapa y no alcanzo a comprenderlo todo, con una vida sesgada escrita en papeles esparcidos por el cuarto desordenado de mi mente. Aquellos escritos oscuros y tristes, debían quemarse. Quemar después de leer.

Cuando la oscuridad y la tristeza acosan mi paz y violan mi calma, las escupo, y clavo puñaladas con las palabras.

Recuerdo haber escuchado a escritores que nunca habían vuelto a releer sus obras por miedo... Por el miedo que sentían al poner tanto de sí mismos en los textos, por no reconocerse en ellos con el paso del tiempo, el terror que produce la sinceridad. Es como salir desnudo a la calle, mostrar tus vergüenzas mientras la gente mira.
Todos los que dejamos pedacitos de nuestra alma en el papel, tenemos un odio hacia quienes escriben insípido, sin sabor, aséptico. ¿Qué mérito tiene hablar del mundo exterior sin pasar por uno mismo? Así nada duele, nada llega ni emociona, nada queda...
Por eso he decidido no maldecir más.
No tengo paz, amor, equilibrio ni dinero. Aunque no sé por qué me quejo si en el fondo así me inspiro.

Tren de Barcelona a Sabadell, un mediodía nublado de noviembre.

El Vendedor de Versos.

Nuevas entradas próximamente

Mil palabras valen más que una imagen, Historia de Mis Sentidos.

De odio y crítica, La Cultura del Odio: laculturadelodiolibertaria.blogspot.com

Nuevas entradas.

Gracias a todos aquellos que me leen.

viernes, 24 de octubre de 2008

La llamada y el psicópata

La llamada fue el colofón a una serie de casualidades surrealistas, su voz calmada sosegaba su espíritu inquieto, le alegraba el corazón en pequeñas dosis de palabras y carcajadas vestidas de espontaneidad y luz.

La chica rubia de sonrisa adictiva creía que era un psicópata, un loco como tantos que andaban sueltos...

¿Cómo alguien a cientos de kilómetros era capaz de anticiparse a las cosas que ella también admiraba, las cosas que creía, que opinaba?

Hablaban de relaciones y coincidían; deseos de la infancia que ambos recordaban; los dos eran hijos únicos; podían refrigerar el tedio de cada día con los acordes de los The Killers, de los The Sunday Drivers; ver Amelie cien veces; abrumarse con la belleza de los versos de Oliverio en "El lado oscuro del corazón"; admirar la obra de Patrick Süskind y su perfume; emocionarse acompañando al joven pastor por su camino de perseguir los sueños y dejarlo todo por ellos; hacer de la lluvia un intangible fetiche sexual e imaginar besos apasionados mientras el cielo ruge y la piel se empapa; desear viajar a China, la lucha por unos ideales, aborrecer el dinero y sus privilegios de mentira; vivir de la aventura de vivir como uno quiere; haber saludado al fantasma oscuro de la tristeza con la mano y casi abrazarlo, venciéndolo a base de tiempo y negras líneas de dolor en blancas hojas de papel...

Incluso sin quererlo adivinaba el lugar donde vivía. Así que empezó a desconfiar, a dudar de que aquello sólo fuera un conjunto de coincidencias asombrosas. Al fin y al cabo, pudiera ser alguien que ya la conocía, y que disfrutaba haciéndola perturbar en cada palabra, en cada respuesta que hablaba.
No era posible que sin ni siquiera percibir su mirada ya supiera el motor emocional que pintaba cada una de ellas. Y se asustaba tanto el psicópata como su víctima, cuando ambos descubrían en cada conversación que lo suyo eran vidas paralelas. Y el pobre psicópata se asustaba aún más si la chica rubia de sonrisa adictiva "okupaba" su mente un acervo de minutos cada día...

Aún más si pensaba que estaba escribiendo todo esto para tenerla más cerca, a la espera del día que pudiera verla…

El Vendedor de Versos.

jueves, 21 de agosto de 2008

La escuela

El profesor pedía silencio a gritos. En aquel instante desperté de mi letargo, del insufrible tedio de cada clase encerrado entre cuatro paredes. Regresé de una zona a quienes algunos llamaban “mi mundo”, otros “la luna” y el resto “las musarañas”. Y mirando a aquel funcionario de la enseñanza al que nunca consideraría un maestro, gordo y barbudo, no sin cierto menosprecio por aburrirme un poco la vida, pensé en cuán poco me enseñaron en la escuela.

Nadie me explicó nunca que la muerte de mi abuelo me robaría de la noche al día mi infancia, así de golpe, como un bofetón en el cielo de la boca. Ni la dureza de ver a una abuela perder poquito a poco su memoria, su identidad y como la consumía día tras día un verdugo llamado Alzheimer.

No fue ningún maestro quien me enseñara las cosas importantes de la vida. Como uno debía comportarse, ayudar a los demás, ser hospitalario… No fue un maestro, fue aquel hombre que se durmió en la muerte quien me legó todo lo bueno que haya sido y llegue a ser.

No me hablaron de que la cosa más hermosa era contemplar la lluvia, asombrarse ante la fuerza de los truenos, la luz de los relámpagos, de que el olor a tierra mojada despertaría mis sentidos. Sentirse insignificante bajo el paso del universo cubierto por un manto de estrellas. Del infinito placer de bañarse desnudo en el mar, de ver amanecer y de una puesta de sol anaranjada, color de fuego.

Ningún libro de texto me hablo del primer beso, el juego de lenguas entrelazadas, de pasiones adolescentes. No avisaron del ansia del primer amor, de aquel maldito amor no correspondido que me daba punzadas en el corazón, de su pelo suave que olía a maravilla, de sus ojos color miel y el antojo de sus besos que aún sueño, aún te sueño…

Precisé pisar las calles y oír hablar a la gente sobre la maldad, el horror, el terror, el sufrimiento, los intereses creados, la codicia, las guerras donde solo mueren inocentes, las clases sociales, el dinero, y en definitiva, de un sistema podrido desde el más alto al más bajo de sus escalones.

Nadie me dio una guía para vivir, para conocer el bien y el mal, para desengañarme y llegar a conocer que un futuro mejor es posible, que Dios nos lo tiene reservado y tan solo debemos acercarnos a él para conocerlo, lejos de liturgias, cruces e inmensas catedrales.

Aquel barbudo nunca me explicó mi extraño comportamiento al ver a Jéssica, tan solo al percibirla me comportaba como un estúpido, prendado de su ser y sus suspiros perfumados.

Tampoco me mencionaron que al descubrir la más bella de las rimas, la música, la poesía, o las novelas que roban el sueño de medianoche se podía producir en mí un sucedáneo de síndrome de Stendhal, que suele tomarme al ver a bellas mujeres y pasear por las calles de París y Barcelona.

No me dijeron que los mayores héroes son desconocidos, del poder de la amistad, de la buena voluntad que aún está alojada, quiero creer, en el corazón de muchos seres.

No recuerdo nada importante que me enseñaran en la escuela.

Pero día a día escribo mi historia, la historia de mis sentidos.

El Vendedor de Versos.

jueves, 14 de agosto de 2008

La cárcel

Mas no temas al ver los barrotes de una lúgubre prisión, prisionero... Que prisioneros somos todos encerrados en un cuerpo que encierra un libre corazón...

La cárcel de carne y hueso, de la mortalidad, de la mente que flagela el propio espíritu...
La cárcel de la soledad...
La cárcel del maltrato, la violencia, la codicia, la indolencia, la marginación y la pobreza...
La cárcel de un sistema que ahoga a la gente noble...
La cárcel del engaño, de la ignorancia...
La cárcel destructora de la drogadicción, del alcoholismo...

Y yo... Yo seguiré recluso en mi cárcel. La cárcel de papel.

El Vendedor de Versos.

Escrito el 8 de mayo de 2008.

jueves, 7 de agosto de 2008

El autobús

Uno, dos, cinco, diez, veinte o más minutos nos roba el ladrón del tiempo que nos cambia por un billete el escenario de la vida.
Pago al conductor que lleva cara de rutina o de hastío, no sé bien, quizá un poco de las dos. Suele llevar sintonizada la peor de las emisoras de radio posibles. Hace años que hace ese trayecto y para él, la radio casi es lo de menos, con el tiempo ni la escucha, convirtiéndose así en un leve rumor que le acompaña.
Toman asiento los viajeros, bien adelante para quiénes guste ver de cerca la carretera y dejar atrás líneas discontinuas, líneas continuas... O bien atrás, para quien quiera recostarse descaradamente y fundirse con los cascos del mp3, el móvil y cualquier otro chisme. Aislarse del mundo mirando con desgana por la ventana, viendo sólo monigotes cuyo motor es su día a día, tan sólo aislarse el tiempo que dure el viaje.
El autobús es viejo, quién sabe cuántas personas habrán subido en él. El traqueteo de los baches y sus amortiguadores tocados de muerte por el tiempo y el pasotismo de quien debiera mantenerlo, despierta un sonido mecánico de grillos.
El conductor frena, gira y cambia de marcha bruscamente.
La gente se agarra fuerte y los despistados que no lo hacen causan gracia con torpes pasos al borde de la caída. El vaivén del autobús.
Se estudia a cada pasajero que sube en cada parada. Se esquivan las miradas que fijas resultarían incómodas o molestas. Miradas curiosas de reojo. Miradas descaradas.
Una mujer ocupa con su enorme trasero un asiento y medio al precio de uno solo.
Hay una chica bajita y regordeta de ojos dulces y pequeños color miel sentada en los asientos de al lado.
Un hombre que solamente es ya una sombra del hombre que debió ser antaño asalta al conductor con una imparable verborrea que visiblemente aturde al conductor.
- Antes yo era camionero ¿sabe usted? Pero lo tuve que dejar cuando me pillaron con un cargamento de tabaco en la aduana-.
Viste elegante, pero su camisa y su traje están viejos.
Atrás dos mujeres hablan de que si el niño no me come, que si mi Juan está engordando, que si con la crisis está la cosa muy mal, que si no saben si ir a Salou o a Cambrils...
Sube una chica guapa. Me mira. La miro. Va hacia los asientos de atrás del todo, y cuando ya debían haber pasado cinco minutos aún recorría en la memoria sus piernas morenas.
Una, dos, tres y otras tantas paradas más. El cielo se nubla.
Fin del trayecto.

El Vendedor de Versos.

viernes, 1 de agosto de 2008

¿Quién eres?

Buscando todavía el motivo de cómo y por qué había llegado hasta esa surrealista terapia de grupo, llegó su turno.

Minutos antes inspeccionaba con inquietud a sus estrafalarios compañeros. El espantoso catálogo de individuos que conformaban el grupo, comprendía desde un esquizofrénico con impulsos asesinos, hasta un hombre que sin serlo ni esforzarse por parecerlo, se comportaba como una mujer. Más bien una penosa mezcla entre una gallina y una mujer. Sus esfuerzos para actuar como una fémina resultaban lastimosos. Tanto que cualquier persona corriente hubiera sentido vergüenza ajena al observar sus sobreactuados ademanes y su habla de cacatúa desplumada.

Eso por no hablar de quién se suponía, debía ayudarles a vencer o corregir las “conductas contrarias al bienestar de la comunidad” que manifestaban sus pacientes.

El psicólogo era un hombre sesentón de imagen descuidada. Lo revelaban sus desordenados cabellos grises de científico tocado, una mirada de entre lunático y psicópata sumado a un comportamiento grotesco. Sin embargo, aquel hombre parecía ser el centro de todos ellos, y se erigía como un dios para aquel rebaño de chiflados.

- Cuéntanos algo sobre ti, ¿quién eres Daniel?

- Bien… Mmm… Soy asistente ejecutivo y…

- No he preguntado a qué te dedicas. Sólo quién eres tú.

- Ah, de acuerdo -balbuceó-. Bueno… Soy un buen tipo, me gusta jugar a tenis…

- No, no. Tus hobbies no. Es algo más sencillo –dijo con una sonrisa de comprensión y simplicidad- ¿Quién eres?

Cansado de que ninguna de sus respuestas le pareciera buena, preguntó:

- ¿Me podría dar un ejemplo de lo que considera como una buena respuesta a su pregunta?

Mirando al compañero de terapia de actuaba como mujer-gallina, preguntó:

- ¿Tu qué dirías?

Le hizo una mueca burlona y empezó a reír, cuando el psicólogo le volvió a inquirir, con una sonrisa sarcástica pintada en los labios:

- ¿Estás preguntando a los demás quién eres?

Como una onda expansiva, las carcajadas alcanzaron a todo el grupo. Risotadas a costa del nuevo de la terapia.

Daniel estaba molesto. Le recorría el cuerpo un sudor frío, nervios de rabia. Unos personajes como recién secuestrados de un manicomio se lo pasaban en grande riéndose de él. Rojo de ira, y con un tic nervioso que hacía que no parara de mover su pie, volvió a intentar contestar la dichosa pregunta:

- No, no… No sé, soy un tío accesible, que confía en…

- Daniel, no describas tu personalidad… Sólo dime quién eres.

- ¡¡ No sé qué quieres decir con esa maldita pregunta!! ¡No me gusta mi trabajo; odio a mi jefe y odio tener que ir detrás de él todo el santo día; no me llena conducir un buen coche, ni tener una casa grande para mi solo; estudié la carrera de empresariales porque mis padres me presionaron argumentando que así sería alguien en la vida; no tengo tiempo para mí, no pienso demasiado en los demás, y en definitiva, detesto la vida que llevo!!

- Bien Daniel, por fin. Ahora sí sabemos quién eres.

El Vendedor de Versos.


Inspirado en la primera sesión de terapia de grupo de Dave en la película "Anger Management" (Ejecutivo agresivo)