lunes, 31 de enero de 2011
Mis textos
lunes, 10 de enero de 2011
Quisiera
jueves, 30 de diciembre de 2010
Yo era su persona, ella era supersónica
-Y ahora te diré… que estoy enamorado de ti. Pero… tal y como están las cosas, no estoy aquí para meter por la fuerza mi alma retorcida en la tuya.
- Ya lo sé…
- Sabes que soy un borracho, y yo sé que tú eres… supersónica.
Supersónica de Charly Efe.
Una vez más, cuando nuestros tiempos muertos se alían, estamos frente a frente.
Empieza otra partida en nuestro juego. El juego en el que hasta ahora siempre gana la cabeza al corazón. Sabemos que podemos construir un mundo en pocas horas, que podemos aislarnos de la rutina más soporífera para contarnos las cuatro cosas típicas. Frases típicas y tópicas que no suenan por encima de ese silencio que pregunta a gritos dónde están nuestros besos, esos que jamás nos dimos. Ese silencio que está tan desconcertado como nosotros.
Cuántas veces inventamos cómo sería nuestra historia. Tanto lo habremos pensado que parecemos vivir vidas paralelas sin censuras ni barreras. Ya te he hecho el amor no sé cuántas veces, he escrito versos por todo tu cuerpo, te he prometido hasta el cielo, y eso que las promesas no se me dan bien.
Si no he sido valiente y me ato al conformismo es porque aún me satisfago con refugiarme de todo mientras tomamos un café, que tu mirada me salve de la calle gris, de las caras lánguidas, que tu risa acabe con el frío de mis manos. No me canso de que me recuerdes cuáles son tus ataduras, no comprendo sin embargo, que sigas sometiéndote a una cárcel que no te conviene. Pero sé que no estoy en condiciones de ser tu libertad, de ser tu felicidad, aunque no deseo nada con tantas ansias.
Parece que Quique González nos haya escrito canciones, parece que te tengo en las tardes de León aunque estés tan lejos, mientras me tumbo a escucharlas y dejo que pase el tiempo.
Y a veces me sobreviene el miedo. El miedo que explica por qué soy tan cobarde y por qué tú me secundas. El miedo a que el encanto de nuestras tardes se rompa si todo cambia, el miedo a que rompas las cadenas y después nada tenga sentido.
Jamás he soportado el conformismo y ahora me aferro a él. Reconozco que inmerso en este mar de dudas estoy a punto de ahogarme, pero aún me fío del tiempo que a través del viento me prometió una noche, medio inconsciente de whisky que un día sería diferente. Desde ese día me limito a esperar.
El Vendedor de Versos.
sábado, 25 de diciembre de 2010
Aquí
sábado, 20 de noviembre de 2010
Tus desapariciones
domingo, 24 de octubre de 2010
Recortes en el Lago Ness.
martes, 12 de octubre de 2010
Casa Natalio
sábado, 7 de agosto de 2010
Ella
domingo, 25 de julio de 2010
Me
jueves, 22 de julio de 2010
Retrato
lunes, 19 de julio de 2010
Jack Daniel's
lunes, 31 de mayo de 2010
Pedir un crédito
Me levanté por la mañana, hoy puede ser un gran día, canturreaba mi mente adormecida todavía. Todo estaba perfectamente planeado. El look, la vestimenta, un aura que transmitiera mi capacidad de devolver a plazos cualquier crédito del mundo. Me sentía un pobre trabajador, ahogado por las insensibles garras del gastacomprapaga, digo, del capitalismo. Fluían tipos de interés por mi cabeza, tantos por ciento, meses sudando para devolver un importe pequeño, un ogro banquero que se reiría de mí. Para más inri sería gordo y áspero, y al soltar sus carcajadas vería sus dientes retorcidos y negros de fumador empedernido y vividor de pagahipotecas. El look elegido para pedir mi crédito se compuso de pantalones tejanos de color oscuro, camisa de cuadritos pequeños, arreglado pero informal. Y lo más importante, el toque magistral que puede transformar al más quinqui en ávido lector de cero a cien en dos segundos: unas gafas de montura fina y cristal gordo. Insisto: infalible.
Advierto a un joven banquero, señalado con el cartel de “particulares” así que hacia allí me dirijo con mi particular turbación. Delante, una señora con una preciosa y negra cabellera, charlaba alegremente con la figura que concedería mis deseos, ese genio de la lámpara vestido de traje y corbata que trabaja en la Caixa. Mis glándulas sudoríparas conscientes de la importancia del momento empezaron a emocionarse de la ilusión, dejando correr alegres chorros por mi frente y espalda, de mis axilas corrían torrentes de emoción incontrolada.
Cuando la señora de la preciosa y negra cabellera -como llamaré puesto que los nervios no me dejaron fijarme en nada más- se retiró, llegue y aposenté mi trasero en la cómoda silla de la Caixa, sección particulares.
- Venía a consultarle sobre un crédito –balbuceé-. Acostumbrado a estas habituales peticiones, el joven banquero, distante de mi maliciosa figura imaginaria, de mi enrevesada concepción del gremio bancario, siguió cual programado autómata el protocolo. Cantidad, finalidad, y datos personales. La pregunta de cuánto ganas me hizo sentir como desnudo en medio de la plaza del pueblo con mi pito encogido y con la gente mirando y riendo, haciendo fotos y llamando a sus familiares y amigos para que corrieran a contemplar la escena. Pero mi genio de la lámpara, muy profesional él, contuvo la carcajada al oír el irrisorio salario, parecido al coste de una llanta de su coche. A la cuestión, “para qué necesitaría el crédito, grosso modo”, una rápida serie de incógnitas me sobrevino. ¿Y si fuera para drogas? ¿Si quisiera ese crédito para contratar un sicario? ¿O para pegarme una fiesta que ridiculizara las de Fredy Mercury? Suerte que mis razones eran más de estar por casa, más triviales. Pagarme un coche con más años que yo, un seguro más caro que el coche, y unas prácticas más caras que medio coche del señor de la Caixa.
Ya os contaré, pero en cuanto lleve una serie de papeles, muchos papeles, mi amigo banquero me ha dicho que no habrá problema. Por eso hoy estoy contento. ¡Visca la Caixa!
PD: Espero no acabar diciendo visc a la Caixa, puesto que eso conllevaría mi pase a la indigencia.
El Vendedor de Versos.
jueves, 8 de abril de 2010
No te conformes con ser mediocre
domingo, 7 de marzo de 2010
Tras el cristal
domingo, 10 de enero de 2010
El niño de los Román
El nacimiento del primogénito de los Román era todo un acontecimiento en la villa. Las familias solían lucir y adornar sus hogares con las mejores galas para presentar en sociedad a las criaturas recién nacidas. Desde todas las casas acudían con presentes para el pequeño pocos días después de que la buena nueva se difundiera como pólvora de un extremo al otro del pueblo.
Los Román eran una familia conocida. Si bien es cierto que en el pequeño pueblo era complicado no conocer a casi todos sus habitantes. Las mujeres se encargaban de repasar las idas y venidas de cada cual mientras realizaban sus quehaceres, y de chisme en chisme se les pasaban las horas. La familia estaba bien asentada. El abuelo hizo fortuna vendiendo terrenos que posteriormente se edificaron, así que el bebé fue a nacer en una casa bien. Probablemente podría disfrutar de su infancia sin tener que mancharse las manos trabajando en las tareas del campo como predestinaba el futuro a los niños del pueblo. Tendría estudios universitarios pagados en la ciudad cuando se hiciera mayor. Tal vez le inculcaran una vocación, médico o abogado.
Ya estaba todo a punto. La casa había sido minuciosamente decorada y la limpieza exhaustiva por Juana, la criada de la familia. La mujer llevaba más de veinte años al cuidado de la familia Román. Humilde, introvertida y agradable llegó al caserón de la familia cuando contaba dieciséis años. Su familia imploró a Diego Román que contratara a la niña para ayudar a su familia, tremendamente miserable y con su madre enferma. El señor Román se compadeció y accedió. En cambio, no era precisamente la bondad lo que caracterizaba a don Diego. Su trato desde siempre con la muchacha era rudo y poco considerado. La tremenda lealtad y discreción de la joven fueron ablandando el corazón del terrateniente. Y allí seguía.
Todo debía estar perfecto, iban a recibir hasta la visita de don Adolfo, el alcalde del pueblo, tremendamente rico y con importantes contactos e influencias. El riquísimo abuelo de la criatura iba a viajar desde la ciudad hasta el pueblo, aparcando sus negocios, para conocer a su primer nieto.
Comenzaron a llegar los vecinos que llevaban consigo sabrosos pasteles, ropita cosida para el bebé y toda clase de presentes.
El niño de los Román reía a carcajadas con la criada. Sonreía y yacía tranquilo en los brazos de Matilde, la mujer del carpintero, incluso se relajaba y adormecía cuando lo acunaba la esposa del labrador. Los vecinos se admiraban de la simpatía del pequeño, con sus grandes y curiosos ojos de color azul grisáceo. Era una criatura hermosa, tranquila y alegre.
Toda la mañana fue un constante ir y venir de visitas, y los padres del pequeño se sentían harto halagados por las atenciones recibidas de sus vecinos y amigos. Ya por la tarde, el abuelo llegó al pueblo y raudo entró al caserón para visitar a su nieto.
Con un abrazo saludó a su hijo, el encargado de gestionar las tierras y los negocios de él mientras estaba ausente. Besó en la mejilla a su nuera, y la miró con orgullo y satisfacción. Le había dado su primer nieto. Poco a poco se acercó a la cuna con sigilo para no perturbar la tranquilidad del bebé.
Al verlo, el niño abrió los ojos de par en par, lentamente su rostro tomó una notable expresión de miedo y rompió en el más clamoroso de los llantos. Enrojecía y pataleaba con rabia, y la madre intentaba consolarlo por todos los medios... Resultaba extraño que el risueño y dormilón bebé se mostrara así. El abuelo no le dio importancia y salió al porche a fumarse un pitillo de tabaco negro. Fue entonces cuando el niño se tranquilizó y dejó de llorar. En la puerta, puro en mano, don Diego se encontró con el alcalde que venía a conocer al pequeño y dar la enhorabuena a la familia. Se saludaron amigablemente y con una breve disculpa entró a la casa. El bebé calmoso y entretenido con un peluche que le regalaron el panadero y su señora, tuvo la misma reacción que al ver al abuelo y con más desespero si cabe. El llanto y los berridos impedían la conversación del alcalde con los padres. El padre que no sabía dónde meterse, salió y acompañó afuera al alcalde. Los tres hombres comentaban la reacción del pequeño y el padre argumentaba que quizá se encontrara mal o tuviera hambre.
Cuando se disponían a entrar de nuevo, apenas el bebé percibió su presencia amagó con llorar aún más fuerte que antes y precipitadamente abuelo y alcalde se despidieron de la familia y salieron del caserón.
Aquella noche, mientras dormía el niño, los padres comentaban la reacción de la criatura y buscaban porqués a tan extraño comportamiento.
Ramón Yáñez, el ermitaño que vivía en las montañas y se refugiaba en las cuevas bajó a por víveres al pueblo. Topó con la esposa del señor Román, y ésta intentaba ocultar su desagrado por encontrarse con el barbudo y andrajoso misántropo.
“Tiene usted entre sus brazos a un niño excepcional Alicia. Veo en sus ojos capacidades extraordinarias. Este jovencito es capaz de leer con sus enormes ojos claros el corazón de quienes lo rodean. Cuídenlo mucho señora, cuídenlo mucho. Es excepcional, excepcional… Y caminando se perdía el sonido de la gruesa voz de Yáñez, que reía y afirmaba con la cabeza. “Excepcional, excepcional”.
Alicia no dejaba de pensar en las misteriosas palabras del ermitaño. El alcalde y el padre de su esposo estaban simbólicamente señalados por aquella criaturita que apenas se despertaba para comer…
La particular capacidad del niño, perduró hasta que se hizo más mayor. Sus síntomas al localizar los corazones impuros en cambio, habían variado. Solía temblar y marearse cuando se encontraba con el párroco del pueblo, seguía atormentándole la simple presencia visual de la figura del alcalde, y no consentía contactar con su abuelo. Su segmento de corazones impuros se ampliaba cuando viajaba fuera del pueblo. Sin conocerlos de nada, el tembleque recorría su cuerpo desde los pies hasta las manos, al hallar a la vista a seres mezquinos y aparentemente dignos y de bien.
El niño de los Román se trasladó a sus dieciocho años a la ciudad para estudiar derecho. A las pocas semanas abandonó la carrera. Los síntomas de su rara enfermedad no cesaban. Los restaurantes frecuentados por las clases altas y a los cuales acudían todos los domingos en familia, se convertían para él, en tugurios que no podía siquiera pisar, presa de los mareos y los sudores que le tomaban.
Apenas era un muchacho cuando huyó. Huyó para no tener que volver a la ciudad para no enfermar más.
Nadie sabe ni supo nada del niño de los Román. Desapareció.