domingo, 10 de enero de 2010

El niño de los Román

El nacimiento del primogénito de los Román era todo un acontecimiento en la villa. Las familias solían lucir y adornar sus hogares con las mejores galas para presentar en sociedad a las criaturas recién nacidas. Desde todas las casas acudían con presentes para el pequeño pocos días después de que la buena nueva se difundiera como pólvora de un extremo al otro del pueblo.

Los Román eran una familia conocida. Si bien es cierto que en el pequeño pueblo era complicado no conocer a casi todos sus habitantes. Las mujeres se encargaban de repasar las idas y venidas de cada cual mientras realizaban sus quehaceres, y de chisme en chisme se les pasaban las horas. La familia estaba bien asentada. El abuelo hizo fortuna vendiendo terrenos que posteriormente se edificaron, así que el bebé fue a nacer en una casa bien. Probablemente podría disfrutar de su infancia sin tener que mancharse las manos trabajando en las tareas del campo como predestinaba el futuro a los niños del pueblo. Tendría estudios universitarios pagados en la ciudad cuando se hiciera mayor. Tal vez le inculcaran una vocación, médico o abogado.

Ya estaba todo a punto. La casa había sido minuciosamente decorada y la limpieza exhaustiva por Juana, la criada de la familia. La mujer llevaba más de veinte años al cuidado de la familia Román. Humilde, introvertida y agradable llegó al caserón de la familia cuando contaba dieciséis años. Su familia imploró a Diego Román que contratara a la niña para ayudar a su familia, tremendamente miserable y con su madre enferma. El señor Román se compadeció y accedió. En cambio, no era precisamente la bondad lo que caracterizaba a don Diego. Su trato desde siempre con la muchacha era rudo y poco considerado. La tremenda lealtad y discreción de la joven fueron ablandando el corazón del terrateniente. Y allí seguía.

Todo debía estar perfecto, iban a recibir hasta la visita de don Adolfo, el alcalde del pueblo, tremendamente rico y con importantes contactos e influencias. El riquísimo abuelo de la criatura iba a viajar desde la ciudad hasta el pueblo, aparcando sus negocios, para conocer a su primer nieto.

Comenzaron a llegar los vecinos que llevaban consigo sabrosos pasteles, ropita cosida para el bebé y toda clase de presentes.

El niño de los Román reía a carcajadas con la criada. Sonreía y yacía tranquilo en los brazos de Matilde, la mujer del carpintero, incluso se relajaba y adormecía cuando lo acunaba la esposa del labrador. Los vecinos se admiraban de la simpatía del pequeño, con sus grandes y curiosos ojos de color azul grisáceo. Era una criatura hermosa, tranquila y alegre.

Toda la mañana fue un constante ir y venir de visitas, y los padres del pequeño se sentían harto halagados por las atenciones recibidas de sus vecinos y amigos. Ya por la tarde, el abuelo llegó al pueblo y raudo entró al caserón para visitar a su nieto.

Con un abrazo saludó a su hijo, el encargado de gestionar las tierras y los negocios de él mientras estaba ausente. Besó en la mejilla a su nuera, y la miró con orgullo y satisfacción. Le había dado su primer nieto. Poco a poco se acercó a la cuna con sigilo para no perturbar la tranquilidad del bebé.
Al verlo, el niño abrió los ojos de par en par, lentamente su rostro tomó una notable expresión de miedo y rompió en el más clamoroso de los llantos. Enrojecía y pataleaba con rabia, y la madre intentaba consolarlo por todos los medios... Resultaba extraño que el risueño y dormilón bebé se mostrara así. El abuelo no le dio importancia y salió al porche a fumarse un pitillo de tabaco negro. Fue entonces cuando el niño se tranquilizó y dejó de llorar. En la puerta, puro en mano, don Diego se encontró con el alcalde que venía a conocer al pequeño y dar la enhorabuena a la familia. Se saludaron amigablemente y con una breve disculpa entró a la casa. El bebé calmoso y entretenido con un peluche que le regalaron el panadero y su señora, tuvo la misma reacción que al ver al abuelo y con más desespero si cabe. El llanto y los berridos impedían la conversación del alcalde con los padres. El padre que no sabía dónde meterse, salió y acompañó afuera al alcalde. Los tres hombres comentaban la reacción del pequeño y el padre argumentaba que quizá se encontrara mal o tuviera hambre.

Cuando se disponían a entrar de nuevo, apenas el bebé percibió su presencia amagó con llorar aún más fuerte que antes y precipitadamente abuelo y alcalde se despidieron de la familia y salieron del caserón.

Aquella noche, mientras dormía el niño, los padres comentaban la reacción de la criatura y buscaban porqués a tan extraño comportamiento.

Ramón Yáñez, el ermitaño que vivía en las montañas y se refugiaba en las cuevas bajó a por víveres al pueblo. Topó con la esposa del señor Román, y ésta intentaba ocultar su desagrado por encontrarse con el barbudo y andrajoso misántropo.

“Tiene usted entre sus brazos a un niño excepcional Alicia. Veo en sus ojos capacidades extraordinarias. Este jovencito es capaz de leer con sus enormes ojos claros el corazón de quienes lo rodean. Cuídenlo mucho señora, cuídenlo mucho. Es excepcional, excepcional… Y caminando se perdía el sonido de la gruesa voz de Yáñez, que reía y afirmaba con la cabeza. “Excepcional, excepcional”.

Alicia no dejaba de pensar en las misteriosas palabras del ermitaño. El alcalde y el padre de su esposo estaban simbólicamente señalados por aquella criaturita que apenas se despertaba para comer…

La particular capacidad del niño, perduró hasta que se hizo más mayor. Sus síntomas al localizar los corazones impuros en cambio, habían variado. Solía temblar y marearse cuando se encontraba con el párroco del pueblo, seguía atormentándole la simple presencia visual de la figura del alcalde, y no consentía contactar con su abuelo. Su segmento de corazones impuros se ampliaba cuando viajaba fuera del pueblo. Sin conocerlos de nada, el tembleque recorría su cuerpo desde los pies hasta las manos, al hallar a la vista a seres mezquinos y aparentemente dignos y de bien.

El niño de los Román se trasladó a sus dieciocho años a la ciudad para estudiar derecho. A las pocas semanas abandonó la carrera. Los síntomas de su rara enfermedad no cesaban. Los restaurantes frecuentados por las clases altas y a los cuales acudían todos los domingos en familia, se convertían para él, en tugurios que no podía siquiera pisar, presa de los mareos y los sudores que le tomaban.

Apenas era un muchacho cuando huyó. Huyó para no tener que volver a la ciudad para no enfermar más.

Nadie sabe ni supo nada del niño de los Román. Desapareció.

El Vendedor de Versos.


2 comentarios:

Athaelion dijo...

+1

Aleix dijo...

Hey tio,
stá wai el relato :)
hace un par d dias abrí un blog también, haver si le doy un poco d vidilla
kuidate :D