domingo, 25 de julio de 2010

Me

Valórame. Quiéreme. Fóllame. Flagélame. Sonríeme. Háblame. Léeme. Pésame. Júzgame. Cuéntame. Confiésame. Enamórame. Siénteme. Llámame. Paséame. Muérdeme. Acaríciame. Lámeme. Suéñame. Grítame. Susúrrame. Convénceme. Víveme. Interésame. Sedúceme. Olvídame. Tortúrame. Y finalmente... mátame.

El Vendedor de Versos.

jueves, 22 de julio de 2010

Retrato

No sé bien si es posible. Pero creo, que como Dorian Gray, tengo mi propio retrato, que toma lentamente formas desfiguradas fruto de mis acciones. Conforme fluye mi vida y según la talla moral de mis actos, mi gesto se deforma. Criticar todo por rebeldía y no amar nada con toda gana, permanecer lastrado por la desidia y la inconstancia mata el brillo de mi mirada. Aquellos ojos verdes y brillantes cada vez son más pequeños y expresan menos. Adiós a la profundidad de esa mirada que un día robó corazones sin que me los quedara. Corazones que me amaron y deseché.
Las noches perdidas, las horas insípidas, los conocidos que ni siquiera me conocían y con los que regalé mi tiempo.
Los besos que te regalé en un callejón y que no te merecías. Las sesiones de autodestrucción secreta por indisciplina contra el mundo, contra todo, contra nadie en especial y que finalmente solo se volvió en mi contra. Vi a niños que ahogaban su sed de juventud a base de vodka y whisky barato. Ay! Cuando se den cuenta del volar de los tiempos de gloria, cuando miren las palmas de las manos y no encuentren nada.
Esas noches perdidas, mi autodestrucción, han marcado bajo los ojos opacos una profundidad mortecina. Unas oscuras ojeras que borran mis rasgos infantiles y que me hacen aparentar todo lo que nunca quise.
No sé bien si es de tanto pensar. Pero tengo tantas entradas como pocas salidas veo a mi existencia-occidental-vacía.
Mi espíritu no engorda porque dejé hace tiempo mi espiritualidad de lado. Así que cada vez me veo más flojo, delgado, frágil, huesudo, quebradizo incluso. Mis facciones se hunden como si las llamara la tierra, como si la muy puta me obligara a arrastrarme ya como un gusano antes de tiempo.
No sé bien si será la soledad. La más terrible, la de sentirse solo acompañado, la de no encontrarle color a casi nada. Envidio insanamente a quien degusta y se relame con los sinsabores de los días.
Y cuanto más jodido estoy más lo refleja mi retrato. Os envidio a todas ¿sabéis? Porque a mí no hay maquillaje que me esconda las brechas del alma, que se asoman por la ventana de mi mirada las muy cabronas.
Y es que no sé bien nada y el retrato no tiene arreglo y yo tampoco. Hasta mi letra es ahora fea, retorcida e ilegible.

El Vendedor de Versos.

lunes, 19 de julio de 2010

Jack Daniel's

Qué importaba dormir tres horas después de haber trabajado un día entero... Qué importaba si tus besos iban a recompensar mis desgracias, los rutinarios días de esclavitud pagada, el insulso sabor de la vida de un perdedor. Tu lengua paseando por mis cicatrices para acabar cerrándolas del todo. Refugiándome del mundo dentro de ti, absorbiendo tu calor para no sentir nunca más el frío atroz que se amotina dentro. Acallar mis vivas tristezas, las más profundas nostalgias a base de ungüentos de juegos de niños y de locuras deshidratadas.
Mas lo único que conseguí al llegar fue robarte un beso. Un beso frío como el témpano. Todo lo demás, el tiempo que pasé contigo y todo lo que sufrí por dentro lo guardo en mi saco de fracasos que va a reventar dentro de nada, rebosante de sinsentidos.
Digería poco a poco el desencanto sentado frente a ti. Removiendo mi copa de Jack Daniel's con hielo que aturdía un poco mis lamentos. Yo estaba allí para quererte, tú estabas lejos. Y tus ojos me miraban pero no me veían. Pensaba que mis ganas de quererte me traspasaban la piel, y que tú lo verías apenas en un vistazo. Pero no. Volaste y volaron mis ganas de amarte. Y no volverás, no volverás.

El Vendedor de Versos.

lunes, 31 de mayo de 2010

Pedir un crédito

Me levanté por la mañana, hoy puede ser un gran día, canturreaba mi mente adormecida todavía. Todo estaba perfectamente planeado. El look, la vestimenta, un aura que transmitiera mi capacidad de devolver a plazos cualquier crédito del mundo. Me sentía un pobre trabajador, ahogado por las insensibles garras del gastacomprapaga, digo, del capitalismo. Fluían tipos de interés por mi cabeza, tantos por ciento, meses sudando para devolver un importe pequeño, un ogro banquero que se reiría de mí. Para más inri sería gordo y áspero, y al soltar sus carcajadas vería sus dientes retorcidos y negros de fumador empedernido y vividor de pagahipotecas. El look elegido para pedir mi crédito se compuso de pantalones tejanos de color oscuro, camisa de cuadritos pequeños, arreglado pero informal. Y lo más importante, el toque magistral que puede transformar al más quinqui en ávido lector de cero a cien en dos segundos: unas gafas de montura fina y cristal gordo. Insisto: infalible.

Advierto a un joven banquero, señalado con el cartel de “particulares” así que hacia allí me dirijo con mi particular turbación. Delante, una señora con una preciosa y negra cabellera, charlaba alegremente con la figura que concedería mis deseos, ese genio de la lámpara vestido de traje y corbata que trabaja en la Caixa. Mis glándulas sudoríparas conscientes de la importancia del momento empezaron a emocionarse de la ilusión, dejando correr alegres chorros por mi frente y espalda, de mis axilas corrían torrentes de emoción incontrolada.

Cuando la señora de la preciosa y negra cabellera -como llamaré puesto que los nervios no me dejaron fijarme en nada más- se retiró, llegue y aposenté mi trasero en la cómoda silla de la Caixa, sección particulares.

- Venía a consultarle sobre un crédito –balbuceé-. Acostumbrado a estas habituales peticiones, el joven banquero, distante de mi maliciosa figura imaginaria, de mi enrevesada concepción del gremio bancario, siguió cual programado autómata el protocolo. Cantidad, finalidad, y datos personales. La pregunta de cuánto ganas me hizo sentir como desnudo en medio de la plaza del pueblo con mi pito encogido y con la gente mirando y riendo, haciendo fotos y llamando a sus familiares y amigos para que corrieran a contemplar la escena. Pero mi genio de la lámpara, muy profesional él, contuvo la carcajada al oír el irrisorio salario, parecido al coste de una llanta de su coche. A la cuestión, “para qué necesitaría el crédito, grosso modo”, una rápida serie de incógnitas me sobrevino. ¿Y si fuera para drogas? ¿Si quisiera ese crédito para contratar un sicario? ¿O para pegarme una fiesta que ridiculizara las de Fredy Mercury? Suerte que mis razones eran más de estar por casa, más triviales. Pagarme un coche con más años que yo, un seguro más caro que el coche, y unas prácticas más caras que medio coche del señor de la Caixa.

Ya os contaré, pero en cuanto lleve una serie de papeles, muchos papeles, mi amigo banquero me ha dicho que no habrá problema. Por eso hoy estoy contento. ¡Visca la Caixa!

PD: Espero no acabar diciendo visc a la Caixa, puesto que eso conllevaría mi pase a la indigencia.

El Vendedor de Versos.

jueves, 8 de abril de 2010

No te conformes con ser mediocre

Alguien dijo que todos somos geniales hasta los siete u ocho años, pero que luego tratamos de parecernos a los otros. Buscamos la mediocridad y casi siempre acabamos lográndola. No te empeñes en ser mediocre si puedes ser genial. Procura ser tú mismo. No hagas lo que todos, no digas lo que todos, no pienses lo que todos. No alimentes las mismas mentiras y la misma basura que todos. No te conformes con ser un borrego mediocre, si puedes ser alguien... genial.

Jesús Quintero.

domingo, 7 de marzo de 2010

Tras el cristal

Rara vez soy capaz de recordar mis sueños. Tras un cristal empolvado y sucio te observaba desde la sombra, inmóvil. Te encontraste con él. Vuestra complicidad heló mis ilusiones y el barco de mis ensoñaciones fantasiosas naufragó. Tras el cristal supe que no me pertenecías, la sonrisa que le dedicaste me apartó de tu vida sin necesidad de que nadie me lo indicara.
Giraste la cabeza y me viste sin hacerlo. Estabas radiante. Descubriste mi rostro teñido de eterna desilusión. No recuerdo más. Mi memoria a veces es tan frágil como mi felicidad.
Solamente tú puedes decirme si el sueño fue una premonición, un augurio, una certeza... O uno más de todos los sueños sin sentido que visitan mi descanso.
Sobrevaloramos los sueños.

El Vendedor de Versos.

domingo, 10 de enero de 2010

El niño de los Román

El nacimiento del primogénito de los Román era todo un acontecimiento en la villa. Las familias solían lucir y adornar sus hogares con las mejores galas para presentar en sociedad a las criaturas recién nacidas. Desde todas las casas acudían con presentes para el pequeño pocos días después de que la buena nueva se difundiera como pólvora de un extremo al otro del pueblo.

Los Román eran una familia conocida. Si bien es cierto que en el pequeño pueblo era complicado no conocer a casi todos sus habitantes. Las mujeres se encargaban de repasar las idas y venidas de cada cual mientras realizaban sus quehaceres, y de chisme en chisme se les pasaban las horas. La familia estaba bien asentada. El abuelo hizo fortuna vendiendo terrenos que posteriormente se edificaron, así que el bebé fue a nacer en una casa bien. Probablemente podría disfrutar de su infancia sin tener que mancharse las manos trabajando en las tareas del campo como predestinaba el futuro a los niños del pueblo. Tendría estudios universitarios pagados en la ciudad cuando se hiciera mayor. Tal vez le inculcaran una vocación, médico o abogado.

Ya estaba todo a punto. La casa había sido minuciosamente decorada y la limpieza exhaustiva por Juana, la criada de la familia. La mujer llevaba más de veinte años al cuidado de la familia Román. Humilde, introvertida y agradable llegó al caserón de la familia cuando contaba dieciséis años. Su familia imploró a Diego Román que contratara a la niña para ayudar a su familia, tremendamente miserable y con su madre enferma. El señor Román se compadeció y accedió. En cambio, no era precisamente la bondad lo que caracterizaba a don Diego. Su trato desde siempre con la muchacha era rudo y poco considerado. La tremenda lealtad y discreción de la joven fueron ablandando el corazón del terrateniente. Y allí seguía.

Todo debía estar perfecto, iban a recibir hasta la visita de don Adolfo, el alcalde del pueblo, tremendamente rico y con importantes contactos e influencias. El riquísimo abuelo de la criatura iba a viajar desde la ciudad hasta el pueblo, aparcando sus negocios, para conocer a su primer nieto.

Comenzaron a llegar los vecinos que llevaban consigo sabrosos pasteles, ropita cosida para el bebé y toda clase de presentes.

El niño de los Román reía a carcajadas con la criada. Sonreía y yacía tranquilo en los brazos de Matilde, la mujer del carpintero, incluso se relajaba y adormecía cuando lo acunaba la esposa del labrador. Los vecinos se admiraban de la simpatía del pequeño, con sus grandes y curiosos ojos de color azul grisáceo. Era una criatura hermosa, tranquila y alegre.

Toda la mañana fue un constante ir y venir de visitas, y los padres del pequeño se sentían harto halagados por las atenciones recibidas de sus vecinos y amigos. Ya por la tarde, el abuelo llegó al pueblo y raudo entró al caserón para visitar a su nieto.

Con un abrazo saludó a su hijo, el encargado de gestionar las tierras y los negocios de él mientras estaba ausente. Besó en la mejilla a su nuera, y la miró con orgullo y satisfacción. Le había dado su primer nieto. Poco a poco se acercó a la cuna con sigilo para no perturbar la tranquilidad del bebé.
Al verlo, el niño abrió los ojos de par en par, lentamente su rostro tomó una notable expresión de miedo y rompió en el más clamoroso de los llantos. Enrojecía y pataleaba con rabia, y la madre intentaba consolarlo por todos los medios... Resultaba extraño que el risueño y dormilón bebé se mostrara así. El abuelo no le dio importancia y salió al porche a fumarse un pitillo de tabaco negro. Fue entonces cuando el niño se tranquilizó y dejó de llorar. En la puerta, puro en mano, don Diego se encontró con el alcalde que venía a conocer al pequeño y dar la enhorabuena a la familia. Se saludaron amigablemente y con una breve disculpa entró a la casa. El bebé calmoso y entretenido con un peluche que le regalaron el panadero y su señora, tuvo la misma reacción que al ver al abuelo y con más desespero si cabe. El llanto y los berridos impedían la conversación del alcalde con los padres. El padre que no sabía dónde meterse, salió y acompañó afuera al alcalde. Los tres hombres comentaban la reacción del pequeño y el padre argumentaba que quizá se encontrara mal o tuviera hambre.

Cuando se disponían a entrar de nuevo, apenas el bebé percibió su presencia amagó con llorar aún más fuerte que antes y precipitadamente abuelo y alcalde se despidieron de la familia y salieron del caserón.

Aquella noche, mientras dormía el niño, los padres comentaban la reacción de la criatura y buscaban porqués a tan extraño comportamiento.

Ramón Yáñez, el ermitaño que vivía en las montañas y se refugiaba en las cuevas bajó a por víveres al pueblo. Topó con la esposa del señor Román, y ésta intentaba ocultar su desagrado por encontrarse con el barbudo y andrajoso misántropo.

“Tiene usted entre sus brazos a un niño excepcional Alicia. Veo en sus ojos capacidades extraordinarias. Este jovencito es capaz de leer con sus enormes ojos claros el corazón de quienes lo rodean. Cuídenlo mucho señora, cuídenlo mucho. Es excepcional, excepcional… Y caminando se perdía el sonido de la gruesa voz de Yáñez, que reía y afirmaba con la cabeza. “Excepcional, excepcional”.

Alicia no dejaba de pensar en las misteriosas palabras del ermitaño. El alcalde y el padre de su esposo estaban simbólicamente señalados por aquella criaturita que apenas se despertaba para comer…

La particular capacidad del niño, perduró hasta que se hizo más mayor. Sus síntomas al localizar los corazones impuros en cambio, habían variado. Solía temblar y marearse cuando se encontraba con el párroco del pueblo, seguía atormentándole la simple presencia visual de la figura del alcalde, y no consentía contactar con su abuelo. Su segmento de corazones impuros se ampliaba cuando viajaba fuera del pueblo. Sin conocerlos de nada, el tembleque recorría su cuerpo desde los pies hasta las manos, al hallar a la vista a seres mezquinos y aparentemente dignos y de bien.

El niño de los Román se trasladó a sus dieciocho años a la ciudad para estudiar derecho. A las pocas semanas abandonó la carrera. Los síntomas de su rara enfermedad no cesaban. Los restaurantes frecuentados por las clases altas y a los cuales acudían todos los domingos en familia, se convertían para él, en tugurios que no podía siquiera pisar, presa de los mareos y los sudores que le tomaban.

Apenas era un muchacho cuando huyó. Huyó para no tener que volver a la ciudad para no enfermar más.

Nadie sabe ni supo nada del niño de los Román. Desapareció.

El Vendedor de Versos.


martes, 5 de enero de 2010

Libertad


Quedamos en un hotel con vistas al mar, discreto para que nadie nos viera, evitar las miradas de curiosidad enfermiza, las recriminatorias, la pupila ardiente de los chismosos.
Nada más vernos nos besamos, como se besan los amantes prohibidos, como si el mundo terminara en horas y pudieras evitarlo fundiéndote en otros labios.


Cogido de la mano, entré con ella a la habitación, nunca había sentido nada igual.

Nuestra habitación estaba en la séptima planta, las olas pegaban con fuerza contra el arrecife, y el sonido de cada ola acariciaba nuestro cuerpo, salía y entraba de él, se paseaba por la habitación, amplia y cómoda, como balcón en el mar.

Era increíble poder descubrir su rostro, un milagro, una proeza que solo los valientes alcanzan. Su piel era blanca y suave, sus labios… para sus labios no se han inventado palabras dignas para describirlos… Sus cabellos rojizos, como si Dios los hubiera diseñado especialmente para ella… Su cuerpo era de formas muy perfeccionadas, ninguna parte destacaba por encima de las otras, armonía de las curvas que al recorrerlas conducían a la locura. Y desprendía una fragancia sin igual, como si un viento la acariciara y la perfumara constantemente, el perfume que mataría la conciencia, que te haría morir por ella sin dudarlo un instante.

La unión de nuestros cuerpos fue como una experiencia espiritual, sobrenatural, extraterrestre…

Cuándo terminó la noche, los rayos de sol despidieron a la madrugada, y con la llegada de la mañana nos dio por hablar, y hablar y hablar…

Su voz era entre triste y esperanzadora… Me contó que muchos querían acabar con ella, que muchos querían violarla… Que los hombres y las mujeres la buscaban de muchas formas, pocos la alcanzaban, y el camino sólo era uno, pero no quiso contármelo… Que algunos, malvados y perversos, la privaban de tener contacto con las personas que habían cometido errores… Las nuevas invenciones esclavizaban a cada vez más personas y a nivel global, habían tantas cosas que la deprimían profundamente...

Nos despedimos, muy a mi pesar… Le dije que siempre lucharía por ella, siempre la buscaría, siempre sería mi principal deseo, y no permitiría que me prohibieran verla…

Se llamaba Libertad… Y sin más me dejó…

Agosto de 2007.

El Vendedor de Versos.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Mundo mío

Pobre mundo mío
que más que avanzar decrece
donde el amor es una sombra
donde la fe fenece.


El Vendedor de Versos.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Reflexión

"En los últimos días se presentarán tiempos críticos, difíciles de manejar. Porque los hombres serán amadores de sí mismos, amadores del dinero, presumidos, altivos, blasfemos, desobedientes a los padres, desagradecidos, desleales, sin tener cariño natural, no dispuestos a ningún acuerdo, calumniadores, sin autodominio, feroces, sin amor del bien, traicioneros, testarudos, hinchados de orgullo, amadores de placeres más bien que amadores de Dios, teniendo una forma de devoción piadosa, pero resultando falsos a su poder; y de estos apártate"
2 Timoteo 3:1-5

Llevo cuatro años perdido, buscando la verdad en los lugares menos adecuados. Me consume el hastío que siento por el sistema que nos gobierna. Resulta deprimente la opresión del hombre y la maldad que asola el planeta. Ambos son frutos de su autogobierno. El hombre no puede dominar al hombre. La sabiduría humana ha permitido avances que ni siquiera hubiéramos soñado siglos antes. ¿Pero de qué ha servido el progreso? ¿De veras hemos vencido nuestros problemas más importantes?
En el nombre de Dios se han cometido los mayores crímenes de la negra historia de nuestra humanidad. En el nombre de Dios se han producido hurtos, abusos, violaciones, torturas, genocidios, matanzas salvajes, han corrido ríos de sangre... ¿Fue esto lo que predicó Jesucristo?
La lucha que todos deberíamos emprender para cambiar el mundo no es más que una iniciativa que nadie toma, un tren al que pocos suben. El tedio nos ha tomado por completo. Adormecidos nos mecen las aguas putrefactas del sistema. La especie humana está enferma.
La gran mayoría de los individuos se encuentran obcecados en las nimiedades de la vida, en proyectos egoístas y absurdos, en meras distracciones que nos alejan de las cosas importantes. El capitalismo salvaje devora por completo la moral de occidente. La nueva esclavitud consiste en trabajar demasiadas horas al día para luego gastarlo todo en unas pocas horas. Un círculo vital vicioso que nos atrapa y nos consume. Los padres de familia llegan a casa cansados, de mal humor. La caja tonta los distrae, los aleja de conversar con su familia, de dedicarles tiempo a sus hijos, de inculcarles valores. Mientras, la televisión ofrece programas más nocivos, más asquerosos, más repugnantes. Los medios de "incomunicación" nos comen la mente, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, la prensa escrita, la radio, la publicidad. Todos nos dirigen el pensamiento hacia donde quieren.Despedazan a personajes públicos, hacen humor con todo, sin límites. Su programación promueve estilos de vida peligrosos, sube al trono a unos cuantos y mañana los desecha sin escrúpulos. Vende fama, poder, prestigio, juventud y belleza. Todo mentira, todo efímero, todo vano...
La familia no es un símbolo de unión ni un refugio. Se convierte en un tormento, en hogares infernales, en familias rotas y desestructuradas.
Los valores de nuestra sociedad son ahora el más absoluto egocentrismo, el egotismo, el triunfo del ególatra. Los cánones de belleza son exagerados, retocados, irreales, artificiales. Provocan que los adolescentes se conviertan en maniquíes vacíos, en descerebrados con un peinado perfecto, en músculos sin alma. Los maridos encuentran menos atractivas a las mujeres que ayer amaron y buscan el vicio haciendo de la prostitución el negocio sumergido más rentable del sistema, rompiendo una vez más sus familias.
Las drogas destrozan a los jóvenes. Madres desoladas lloran a sus hijos cocainómanos, que empezaron solamente fumándose un porro.
El mundo vende fiesta a las manadas de jóvenes. Todo puede reducirse a tres frutos que se pueden cosechar en fin de semana: sexo, drogas y alcohol. ¿Por qué es necesario beber y drogarse si tanto disfrutamos saliendo de fiesta?
Mientras, el mundo desarrollado siente la más absoluta de las indiferencias hacia la gente que vive y muere en la miseria.
La clase política busca el poder nutriéndose de los impuestos de la clase trabajadora que paga coches oficiales, almuerzos y cenas con buen vino. Corruptos, corrompidos, roban y desaparecen.
La educación, las prestigiosas universidades se encargan de construir a los nuevos robots que dirigirán el mundo y asegurarán que el sistema no caiga.
A eso conduce un mundo alejado de Dios.
Me siento infeliz, me he sentido vacío alejándome de él, caminando sin rumbo por el camino ancho que casi todos toman.
En este punto doy la vuelta. Me voy por el camino estrecho. Busco la espiritualidad, la esperanza de que un nuevo mundo es posible.
Y es posible para ti también, si como yo, das la vuelta y cambias de camino.


"Y Dios mismo estará con ellos. Y limpiará toda lágrima de sus ojos, y la muerte no será más, ni existirá ya más lamento ni clamor ni dolor. Las cosas anteriores han pasado”.
Revelación 21:3,4

El Vendedor de Versos.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Las oraciones

A veces basta con no esperar nada, con no pedir nada, con no soñar nada. Basta con tener los ojos mirando a ras de suelo para que desde arriba se presente aquello con lo que ni siquiera te atreviste a soñar. Algunos quejumbrosos llaman a Dios sordo por no prestarles atención a sus fervientes súplicas. Nunca florecerán las peticiones que nacen del egoísmo ni del provecho individual. Dios da sin pedir nada a cambio. Nosotros mismos nos quitamos. Quitar, quitando y quitado. Infinitivo, gerundio y participio de la tónica de nuestros días. El mundo sería distinto si alzáramos la vista, si nuestra espiritualidad venciera en un intenso pulso nuestra vanidad e imperfección.
Hoy el de arriba responde a mis oraciones. Nunca le pedí nada. Y me está dando mucho.

El Vendedor de Versos.

sábado, 31 de octubre de 2009

La cita

Todavía no había recibido su llamada. Aun así, ansioso por reencontrarse con ella, tomó el metro con tres cuartos de hora de antelación. Decidió llamarla nada más bajar en la parada del metro. El móvil estaba apagado. Para matar el tiempo hasta que llegara la hora de la cita optó por un paseo por el barrio. Le llamaron la atención unos edificios viejos, descuidados y tétricos. Los tendederos estaban repletos de ropa tendida. Las prendas bailaban con gracia, fusionándose con el viento, como si del vaivén de un baile de verano se tratara, secando los tejidos del vestido de la gente humilde.
Empezó a sentirse estúpido observando detalles insignificantes, dando vueltas sin ton ni son. Buscó un bar. Antes de pararse en una terraza, al lado de un enorme parque bullicioso por el juego de los niños, desechó la idea de entrar en otros dos. Uno por cutre y chabacano. El segundo tenía como recibimiento de bienvenida a un gordo borracho aposentado en la barra, y a un ludópata con los ojos rojos mirando fijamente en la máquina tragaperras.
La camarera tardó un rato en salir a la terraza para atenderle. Se sintió reconfortado allí sentado, la brisa era agradable y le vino la inspiración. Una buena elección. Podía entretenerse examinando a quienes pasaban, sin agobiarse por el flujo de paseantes que circulaba. Pidió un zumo de melocotón y hurgó en su cartera buscando lápiz y papel. Se puso a escribir versos. Le divertía la mirada de la mujer que le examinaba con curiosidad desde la mesa del lado.
Diez minutos después apareció Raquel. Su paraticular aura era capaz de hacer latir los corazones aletargados. Su alegría, la más contagiosa de entre todas las epidemias habidas y por haber. Le tenía un cariño enorme. Era diferente a las demás. Huía de la superficialidad y veía más allá de su ombligo. Fue una suerte conocerla. Quién iba a decirle que una noche que pintaba aborrecible le brindaría la oportunidad de ponerla en su vida. La veía más poco de lo que quisiera, por eso los momentos que pasaban juntos tenían algo especial.
De pronto su reacción fue inesperada. Raquel miró dentro del bar, hacia las mesas de la terraza y hasta examinó su propia mesa mirándole incluso a los ojos. Sin más pasó de largo, como buscando a alguien. "Y ese alguien soy yo" pensaba sentado, como en estado de shock al ver que no le prestaba la más mínima atención. Buscó una rápida respuesta, era imposible que hubiera cambiado tanto en apenas unos meses.
La chica continuó bajando la calle y a unos quince metros se encontraba con él mismo. Empezó a pensar que deliraba. Se pellizcó fuertemente en el brazo para comprobar que no era un sueño macabro. Raquel y su otro yo se saludaron con dos besos, se abrazaron y se fueron sonrientes, desapareciendo por una calle que giraba a la derecha.
Un viejo se sentó a su lado. Miró al joven con cara de compasión y le dijo:
- Muchacho, ¿no viste? - le preguntó con un marcado acento argentino-. La muchacha que vos esperabas se fue de paseo con tu alma.
Aliviado sin causa le agradeció al viejo su explicación.
"Ya decía yo que desde hace un tiempo me sentía, como vacío..." pensó.

El Vendedor de Versos.

domingo, 25 de octubre de 2009

Del desencanto y el desengaño

"Y odié la vida, porque el trabajo que se ha hecho bajo el sol era calamitoso desde mi punto de vista, porque todo era vanidad y un esforzarse tras viento".

Libro del Eclesiastés 1:17.

Descubrir que los versos que anoche te apasionaban, a la mañana siguiente apenas te interesan. Que la mirada que prendía la llama ahora solo prende el fuego inocuo de tu indiferencia.
Se conocen las relaciones con fecha de caducidad, los intereses, las maldades, la sospecha, lo más bajuno del ser inhumano.
Los palacios se transformaron en andrajosas casuchas que ahora se caen a trozos. Porque ningún palacio se puede disfrazar de lujo para ocultar ese infierno que habita en él. Si las apariencias construyen sus vidas, aparentemente tendrán de todo y literalmente no tendrán nada. Pobres, pobrísimos, paupérrimos. Altivos, mezquinos, aduladores, avaros, egoístas, diablos, satanases.
Las ganas de volar y de soñar ahora son un ir tirando, una alegría de tanto en tanto, un ir sobreviviendo a la inmensa tristeza que provoca el desencanto.
La elegancia y lo pomposo, vanidad de vanidades.
Los sueños, sueños empaquetados, sueños que tú no decidiste soñar. Pedestales donde intentaron aposentarte para sentirte idolatrado, que tú has rechazado. Pedestales tras los que estúpidos se matan con tal de ser entronizados con la corona de la fama y la superficialidad.
Sociedad enferma, de los sinvivires, de los quehaceres, de los sin tiempo, de los sin alma, de los sinsabores. Mundo de la etiqueta, de la ignorancia, de la penumbra, del engaño, de las putas, los puteados y los hijos de puta. La sociedad del desengaño.

El Vendedor de Versos.

viernes, 21 de agosto de 2009

Del tiempo, los sueños y el sistema

He vivido 7304 días, 247 meses, 1043 semanas, más de 175.000 horas y más de diez millones y medio de minutos. Hoy cumplo 20 años.

Apenas debe ser un aperitivo de tiempo para el viejo sediento de su tan lejana juventud, a la espera de los postres amargos que le traerá la muerte. Esos miles de días han pasado tan rápido como una tormenta de verano y casi ni me ha dado tiempo a sentir como las gotas mojaban mi piel. Reconocer y caer en la cuenta de todas las cosas que me quedan por hacer y por aprender me llena de vida, de aprecio por los miles de días que espero que Dios me siga dando. Aprender es la ambición y la razón de mi vida. Como dijo un sabio profesor, lo primero es observar. De la observación deriva el aprendizaje y de ahí surge el amor, que nos mueve a proteger.

Hay que vivir mirando más allá de nuestro ombligo, huyendo del egoísmo. La pandemia real que asola el mundo entero, por la cual no hay investigador que busque vacuna. El virus que parece formar parte adhesiva a nuestro mismísimo ADN. Plantarle cara al sistema que busca el máximo beneficio del individuo pisando cabezas si hace falta para alcanzar la cima. Imagínate cuando el que llegó a la cima sacrificando su tiempo se dio cuenta de que todo era humo, de que la felicidad se hallaba mucho más abajo de dónde le vendieron que tenía que subir. La locución del carpe diem se me antoja estúpida. No se puede vivir al máximo cada momento porque el tiempo pasa y es efímero, la alegría es un estado de ánimo que de ninguna manera puede permanecer inalterable. En cambio sí puede hallarse la plenitud a través de otros medios.

Hay que cultivar un sueño loable, regarlo y convertirlo en nuestro motor vital. La plenitud consiste en conocer mundo y abrirse a escuchar otras ideas, no solo a oírlas y desecharlas para quedarnos con las nuestras. Tan solo tendrás una certeza cuando estés seguro de haber escuchado todas las objeciones posibles y por su lógica hayan prevalecido. La plenitud consiste en conocer gente y descubrir cosas buenas en el interior de cada una de ellas. El buscador de oro no se centra en los desechos con los que se encontró antes de hallar una pequeña pepita de alto valor.

Luego están los sueños. Es justamente la posibilidad de alcanzar un sueño el aliciente que hace a esta vida más interesante. Y es placentero vivir en las nubes, soñar despierto más que dormido. Con el paso de los años otro mal nos posee y nos aliena. La rutina. El sistema vigente y cada vez más en estado de putrefacción, se alimenta de nuestro tiempo. El tiempo, el único bien que poseemos y debemos cuidar. No puede mantenerse sana una economía si los individuos enferman para sostenerla. Hay que pensar, huir del miedo. Si hemos llegado hasta aquí ha sido gracias al amor. Por mucho odio que hayamos fabricado, el amor nos ha llevado a donde estamos. El amor nos hará ricos y la falta del mismo tremendamente miserables. Este proceso de individualismo nos ha llevado a convertirnos en seres solos. Podemos sentirnos solos rodeados de gente. La soledad solo puede vencerse ayudando a los demás, o mediante la creatividad del ser. Somos los esclavos de un "sistema libre".

Cuidemos nuestro tiempo. Que el sistema no nos tome más tiempo del justo y nos deje expresar amor, humanidad, espiritualidad, cooperación, solidaridad... Si el sistema no tiene en cuenta nuestro tiempo caerá por su propio peso. No subamos al tren de este mundo. Dejémoslo pasar. Construyamos un nuevo mundo.

La lista es interminable. Gracias a todos aquellos que han compartido su tiempo conmigo. Nos os olvido. Gracias a todos aquellos que me ayudan a crecer, a aprender, a quienes me hacen feliz con una sonrisa y son un ejemplo de lo que la lucha es realmente.

El Vendedor de Versos.

jueves, 20 de agosto de 2009

El barquero

"Era un joven erudito, arrogante y engreído. Para cruzar un caudaloso río de una orilla a otra tomó una barca. Silente y sumiso, el barquero comenzó a remar con diligencia. De repente una bandada de aves surcó el cielo y el joven preguntó al barquero:
- Buen hombre, ¿has estudiado la vida de las aves?
- No señor -repuso el barquero-.
- Pues debo decirte que has perdido la cuarta parte de tu vida.

Pasados unos minutos, la barca se deslizó junto a unas exóticas plantas que flotaban en las aguas del río. El joven preguntó al barquero:
- Dime barquero, ¿has estudiado botánica?
- No señor, no sé nada de plantas.
- Pues debo decirte que has perdido la mitad de tu vida -dijo el petulante joven-.

El barquero seguía remando pacientemente. El sol del mediodía se reflejaba luminosamente sobre las aguas del río. Entonces el joven preguntó:
- Sin duda llevas muchos años deslizándote por las aguas. ¿Sabes por cierto, algo de la naturaleza del agua?
- No señor, me temo que nada sé al respecto.
- ¡Oh amigo! Creo que has perdido tres cuartas partes de tu vida.

Súbitamente la barca empezó a hacer aguas. No había forma de achicar tanta agua y la barca comenzó a hundirse. El barquero preguntó al joven:
- Señor, ¿sabe nadar?
- No - repuso el joven -.
- Pues me temo señor, que ha perdido usted toda su vida.

El Maestro dice: Y es que no es a través del intelecto como se alcanza el Ser. El pensamiento no puede comprender al pensador y el conocimiento erudito nada tiene que ver con la Sabiduría."

101 cuentos clásicos de la India. Recopilación de Ramiro Calle.

El Vendedor de Versos.